A veces sucede que determinados lugares nos traen recuerdos y, aunque sean muy viejos y meras anécdotas, resurgen en nuestra mente como fogonazos y es inevitable reflexionar al respecto.
Esto mismo me ocurre en un trozo del trayecto que va desde mi trabajo a mi casa. Y por lo general me viene el mismo recuerdo cuando llevo un botellín de lo que sea en la mano.
La cosa es que estoy seguro de que cierto día de hace ya unos siete u ocho años hice lo correcto. Mas, aún hoy, no sé el verdadero por qué.
Ocurrió una mañana de verano cuando iba yo con mi viejo amigo V.D. andando por dicho tramo del recorrido. Veníamos del Centro Comercial, cada uno con su refresco. Yo con el mío vacío. Llevábamos varios cientos de metros sin encontrar papelera alguna cuando por fin, tras un pequeño tabique, logré ver una. Cual Pau Gasol en triste intenté colarlo…pero no pudo ser. Juro solemnemente por Snoop Dog que dudé al menos un segundo en ir hacia la botella y meterla donde correspondía. Sin embargo, como castigo al ayuntamiento por no poner más papeleras, resolví no molestarme.
Retomando de nuevo la caminata, apenas dado un paso, empezamos a escuchar voces masculinas que provenían de detrás nuestra. Parecía que la maldita botella había cobrado vida y demandaba respeto con suma vehemencia. Miramos con desconcierto e incredulidad, mi viejo amigo y yo, hacia la procedencia de tales improperios.
Efectivamente. Allí, al lado de la botellita de la discordia, se encontraba un tipo de unos cuarenta veranos. Recuerdo que me avergoncé por mi conducta incívica –todavía no había logrado descifrar lo que aquél gañán escupía- y por ello me dirigí cabizbajo hacia la botellita.
A medida que me iba acercando conseguía entender con precisión lo que decía. No era precisamente una poesía lo que recitaba el colega. Llegado a su altura, botella en mano a punto de tirarla, decidí dejar de guardar silencio ante tales acometidas y comencé con mi recital de epítetos. Los ánimos se caldearon bastante. Ya estaba yo a punto de meterle el plástico por la bocaza exclamando ‘’ahora no la tiro porque no me sale de los cojones’’, cuando me dijo llanamente ‘’la vas a tirar porque eres un buen español’’.
Entonces, se me quitaron las ganas de pelear con ese fulano. De repente dejó de ser un bastardo arrogante metomentodo para convertirse en la única persona civilizada que reprende a un presunto niñato que podría haberle partido la cara por una estupidez tan trivial. Satisfecho más que enfadado, simplemente tiré el botellín donde debía y me fui.
Ahora me pregunto: el hecho de no enzarzarme en una pelea con aquel hombre por haberme dicho lo de buen español, ¿me convierte en un fascista? ¿Acaso debí haberle dado lo suyo por haberse pasado tres pueblos y meterle la botella por el recto precisamente al decirme aquello? ¿No sería más fascista atacar a alguien –da igual física o verbalmente- precisamente por sus ideas políticas?
Ahora preguntaos: ¿por qué carajo no me habré dado cuenta de que no es lo mismo patriotismo que fascismo?
Y ahora os pregunto. ¿No es absurdo pensar que por decir lo de buen español ese hombre era fascista?