¿Te caerías bien?

Hace varios días entré en un blog. En uno de sus posts encontré una cuestión que me dejó pensando al respecto hasta hoy –y lo que me queda-.

La respuesta a esa pregunta tiene mucho que ver con nuestra conciencia, con el hecho de estar, o no, a gusto con uno mismo. Estos días he estado divagando sobre mi infancia, sobre mi evolución personal, sobre mis facilidades y dificultades, sobre mis proyectos y sobre mi entorno.

A día de hoy, he podido recordar que de pequeño siempre fui callado, observador, leal, valiente, sincero, testarudo y, en esencia, bueno. También he recordado todo lo que esperé ser de mayor… Vaya por delante que sé que soy muy joven todavía, que me queda mucho que pasar y mucho que cambiar. La vida es así, y hoy no tienes nada y mañana tienes el sol a tus pies; o, por el contrario, hoy eres el rey, y mañana una mierda pinchada en un palo.

No obstante, siempre quise ser de mayor alguien con cultura, -recuerdo que me preguntaba a menudo qué había que hacer para que mi foto figurase en una de las páginas de La Nueva Enciclopedia del Mundo, que mi padre compró cuando yo era un mocoso-. Nunca me llamó la atención el tumulto, al contrario, me sentí siempre incómodo con la simple idea de que se me confundiera con el resto –de hecho, en el cole odiaba los trabajos en grupo-. Me agradaba ser el más, o de los más, corpulentos de la clase, siempre presumía de mi fuerza con respecto a los demás. Por último, me recuerdo viendo durante horas infinidad de documentales de animales y, sobre todo, de Historia. Y como curiosidad, siempre quise ser abogado de mayor.

Bien, hasta ahí los anhelos de un niño de clase media baja. El menor de cinco hermanos, hijo de guardia civil y ama de casa.

Si hoy día me encontrase con ese pequeñajo que un día fui, sin duda me caería bien por sus buenas formas, su curiosidad y su sonrisa, a caballo entre tímida y pícara, pero siempre sana y sincera.

¿Y yo? ¿Le caería bien a él? En el caso de que él no supiese que yo soy él en el futuro, con toda seguridad sí. Quizá no entendería muy bien por qué el adulto es tan ateo, y ello le llevaría a preguntármelo directamente, a lo cual yo le respondería: “socio, ¿ves todos esos libros? Por lo que me han enseñado –incluida la Biblia- es por lo que soy tan ateo” Al tratarlo de igual a igual me habría ganado su confianza y respeto. En el caso de que él supiese que yo soy él en un futuro, probablemente el pequeñajo me diría “gracias yo adulto, por conservar y mejorar mi físico y fuerza, por haberte hecho el tatuaje que desde hace poco se me ha metido en la cabeza hacerme de mayor, por intentar con humildad entrar en las páginas de la Enciclopedia, por haber estudiado esa carrera -Historia- que me fascina y que me hace ver innumerables documentales de guerras y acontecimientos, por no haberte metido en demasiados líos,  por seguir rechazando los trabajos en grupo, por respetar a los tuyos como yo lo hago, por no olvidar los valores que me están inculcando, y sobre todo, gracias por conservar a mis mejores amigos, que mi trabajo me está costando conseguirlos, y aumentar ese cupo de verdaderos amigos con el tiempo.

Otro día me explicarás por qué todavía no has viajado a medio mundo, por qué te dejaste romper el corazón, por qué no has estudiado también derecho, y por qué no eres millonario…”

Luego, ese chaval de entre 7 y 9 años se sentaría frente a mi estantería y empezaría a mirar cada libro y cada folio de apuntes, y yo me quedaría sentado en mi sillón, mirándolo con detenimiento, intentando reconocerme en él con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras tanto, me preguntaría yo a mí mismo: ¿haré el mismo buen trabajo que hicieron mis padres conmigo?

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar