¿Puede un águila llorar?

No fue sencillo, pero al final me encontraste sin haberme buscado. Tal vez haya sido yo el que te ha encontrado después de tanta estéril búsqueda, mas una cosa es cierta: ocurrió como suelen ocurrir las más gratas sorpresas, sin preverlo.

Tuvieron que pasar años de sueños y ensoñaciones, de visiones fugaces, de delirios transitorios, para al final verte unida a mi piel. Tu mirada se clava en todo aquel que osa mirarte e incluso puedes poner los vellos de punta a quienes te imaginan sobre sus cuerpos.

Has salido de sus manos, mas antes estuviste en mi mente. Ahora soy yo quien te mira alucinado y quien trata de reconocerte, pues tengo que convencerme de que eres tú la misma de la cual tantas veces he hablado y la razón de ver cumplido uno de mis sueños. Te he tenido tantas veces al alcance de mi mano que ahora, cuando pienso en ti, me es inevitable olvidar que te tengo y sobresaltarme al ver que estás ahí, conmigo.

Tengo que confesarte que no faltan detractores que piensan que por tu culpa estoy marcado y que tendrá consecuencias. Pero sólo yo sé por qué estás ahí y por qué te busqué con tanto ahínco durante todos estos años. Y es que siempre estarás cubriéndome las espaldas para protegerme de pérfidas puñaladas, tus alas son la prueba tangible de la libertad de mi ser, y tus iniciales son indicios de mis orígenes.

En el futuro, lágrimas saldrán de tus ojos y parecerán ascender y nunca tocarán el suelo. De nuevo, sólo yo sabré por qué estarás llorando y, al verte, la gente se preguntará: ¿Puede un águila llorar?

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