La retirada I

Dicen que una retirada a tiempo puede ser una victoria. Claro que, hay retiradas y retiradas.

No es lo mismo retirarse abandonando a su suerte a los que están contigo que dar media vuelta y dejarse de problemas, sabiéndose en inferioridad con respecto a los oponentes, pero con los tuyos al lado y la cabeza bien alta.

En efecto. Hoy toca recordar batallitas…batallitas perdidas. De esas se suele aprender más que de las ganadas.

Tal fue el caso una noche de Semana Santa de hace ya casi ocho años –cuando contaba dieciséis tiernos años-. Esa noche iba yo junto a dos amigos, a altas horas de la madrugada, de camino a casa, cuando empezamos a oír voces humanas de dos perros bípedos. Aquellos gruñidos nos ‘’invitaban’’ a parar –¡eh vozotro, vozotro! ¡Pararce! ¡Qué zo’ paréi coño! Probablemente para desvalijarnos o pegarnos una pequeña tunda de palos. Así, de guay. Nosotros, que éramos uno más, pero menores que aquellos malajes y menos duchos en eso de repartir hostias laicas, decidimos aligerar el paso para salvar el pellejo. Llegados a mi calle, aún seguían aquellos valientes tras nosotros, su presa. ¡Zo vamo a rajá!-bramaban esos tipos duros- ¡Hioputa, pararce ahí que zo vamo a matá! Con los huevos en la garganta y las piernas algo temblorosas, a unos veinte metros de mi portal, me quedé más solo que la una.

Así es.   Mis dos ‘’amigos’’ o ‘’acompañantes’’ resolvieron optar por la táctica del divide y vencerás…pero a la inversa. De esta forma, se separaron de mí y cogieron calle arriba, dejándome recorrer esos veinte eternos metros a merced de aquellos lobos. Yo, por vergüenza torera, seguí mi camino pese a las consecuencias.

Mis ‘’amigos’’ nunca llegaron a saber que, con el aliento de aquellos puercos en mi cogote, -ya con las llaves en la cerradura del portal y a punto de meterme dentro- los miré y, cogiéndome el paquete, exclamé: ‘’¡me vais a rajar ésta, hijos de puta!’’. Como decía, mis ‘’amigos’’ no lo llegaron a saber porque no tuvieron la decencia de preguntarme qué tal me fue. Quizá porque los que son cobardes lo son para todo…

De esta infame ‘’anécdota’’ me acordé hace poco, cosa de un mes y algo, cuando me ocurrió algo parecido pero totalmente distinto. Aunque eso fue otra retirada…

Lágrimas dulces.

Anoche el destino me ofreció en copa de oro la ambrosía de la cual se alimenta mi inspiración. Así es, me agasajó con abundantes lágrimas. No eran saladas, pues no salían de unos ojos, sino de un marchito corazón. Eran dulces porque no las provocaba un dolor añejo, nacían de la esperanza de un ser iluso.

Súbitos recuerdos aparecen en su mente. Dolida al ver lo que pudo ser y no fue, atormentada al pensar que sólo fue una tormentosa ilusión fruto de su imaginación. Decepcionada, pues no logra entender por qué no vio un indicio del papel estelar de aquél que en sueños le visita.

Intentó hacerse la dura,

mas bien sé yo que lloró a oscuras.

Gajes de esta vida puta,

que por ver el árbol,

del bosque no disfruta.

Actitud que mal futuro augura

matándole con dolorosa tortura.

Escuchando su lamento,

yo le explico y le comento:

que la angustia del momento

no es un mal eterno;

que no ahogue su mal

aferrándose a esa botella,

pues hay mejor opción

para curar tan vil traición.

No te preocupes por aquello del ayer y mantén viva tu esperanza en el mañana, aunque debes saber que el amor es una droga dura que nos ciega y envenena. Así pues, el mejor antídoto contra el amor es ver la cruda realidad. Por ello te dedico mis letras, para que aprendas a mostrar insipidez en situaciones límite, para que hagas de tu caída tu lección, para que no escuches más los cantos de sirena y, sobre todo, para que tu corazón no vuelva a derramar dulces lágrimas.

‘’No creas ni en dioses ni en genios. Los primeros los crea nuestra mente, los segundos suelen desaparecer una vez han satisfecho deseos…los suyos’’

Y dIOS maldijo al hombre…

«Te cederé mi cetro y sobre mi trono te asentarás. Desde ahí todo lo dominarás, tomarás mi pincel y podrás crear nuevos paisajes, tan bellos como imagines o tan siniestros como puedas soportar. Podrás ver más allá de tus ojos, navegar a través del tiempo e ir más lejos que cualquier ser. Aunque no te doy alas podrás volar, aunque no tengas agallas podrás ver la profundidad del mar, sin llegar a escuchar a tus semejantes oirás las entrañas del planeta, aunque naciste en la Tierra vivirás en el espacio, y es que aunque no sepas hablar con los tuyos…querrás comunicarte con extraterrestres.
Además, podrás sentir lo bueno y lo malo, también podrás recordar, olvidar, añorar, soñar, imaginar, inventar.
En definitiva, te regalo todo el universo. Mi creación es tuya. Podrás poner y quitar a tu antojo, podrás moverte a tu libre albedrío. Llegarás a darle y quitarle la vida a todo ser que desees y yo no te rendiré cuentas.
No te guardaré rencor si te olvidas de mí y tampoco si te olvidas de ti.
Sin embargo, serás el monstruo de tu propia pesadilla pues el fruto de tu superioridad será la causa de tu perdición ya que haré que puedas reconocerte en el espejo y sabrás que existes…

¿Y tú qué cantero eres?

Hace unos días leí un libro de mi autor favorito, José Antonio Marina, titulado ‘’La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación’’. Me llamó poderosamente la atención que en las últimas líneas del mismo narrase una pequeña historieta que era exactamente igual a una cuestión que yo mismo me planteé junto con algún compañero de trabajo.
Empecemos con mi anécdota…
Un buen día, ante lo tedioso y humillante de mi trabajo reflexioné sobre mi cometido y llegué a la conclusión de que a pesar de mi ínfima categoría laboral sin mi esfuerzo y el buen hacer de los que comparten mi tarea no podría desarrollarse la gran actividad que a lo largo del día se lleva a cabo en nuestro lugar de trabajo. Le hice saber mi reflexión a un compañero, que hace algo parecido a mi (menos que yo porque su categoría es un peldaño o dos superior a la mía) y su respuesta fue: ‘’bueno tío, yo creo que importante es el gerente. Nosotros sólo somos ‘’pringaos’’ que estamos todo el puto día puteados’’. Yo insistí en que eso es consecuencia de nuestro puesto, pero no la esencia del mismo, que, a mi juicio, consiste en ayudar a los demás soportando estoicamente ‘’hijoputadas’’ . Al tiempo, se lo comenté a otro de la categoría del anterior y su respuesta fue: ‘’pues yo sólo sé que hacemos lo que nos mandan y punto, no hay más misterio que ese, simples marionetas’’. Yo le dije que eso era parte de nuestro trabajo y no nuestra función ya que ésta va mucho más allá de la simplicidad de cumplir órdenes y actuar como hombres de paja.
Ahora la historieta del gran J.A. Marina:
‘’Sucedió en el tiempo de las catedrales. Un vecino visitó una de ellas en construcción y llegó al tajo donde trabajaban los canteros, esculpiendo unas piedras. Se acercó a uno de ellos y le preguntó: – Usted, ¿qué está haciendo?
-¡Sudando con esta maldita piedra que Dios confunda! ¡Qué asco de trabajo! ¡A ver cuándo suena la campana y nos vamos!
El paseante se dirigió a un segundo cantero y le preguntó lo mismo y éste le respondió:– lo que me han mandado. Un cubo de piedra para un muro.
Por fin se acercó al tercero repitiendo la pregunta: -¿Y usted qué está haciendo?
El cantero respondió con entusiasmo: -¡Estoy construyendo una catedral!’’
El pobre cantero, al igual que yo desempeñaba una tarea casi anodina, insignificante, tediosa y lo peor es que ni vería terminada la catedral ni menos aún participaría de sus beneficios…sin embargo se sentía parte integrante (si no fundamental) de un engranaje que le superaba y lo mejor de todo, le dignificaba…al fin y al cabo, mi trabajo no es tan humillante.

Espero que os haya gustado y sobre todo que os anime a reflexionar sobre qué tipo de canteros sois…y por qué…

Unas palabras de Valentía.

Permitidme que os cuente una larga historia.
No es una creación mía y seguramente ya os lo habrán contado. Se trata de un pequeño relato metafórico de gran veracidad que leí no hace mucho en un libro bastante interesante escrito por el Dr. Mario Alonso Puig. La verdad es que lo voy a modificar un poco…(básicamente lo que está en azul es el relato original)
En un tiempo inmemorial, tuve conocimiento de que el Señor de las Tinieblas había convocado en su palacio, situado en un inhóspito lugar en lo más profundo de las entrañas de la tierra, a los seres más macabros y despiadados que el hombre jamás haya conocido. Yo también me encontraba allí, en un rinconcito para no llamar mucho la atención. A ellos se dirigió totalmente abatido diciendo:
Llevo miles de años urdiendo malévolos planes para acabar con el hombre y su creación. Para ello he sembrado la discordia, he provocado conflictos, guerras, rencores…y cuando parecía que al final la victoria sería mía, siempre apareció Él y rescató al infame y vil hombre de su aniquilación total. Apareció de diversos modos, a veces por sorpresa, a veces en forma de sonrisa espontánea, a veces en forma de mano amiga, otras en forma de caricia, otras disfrazado de sinceridad o simplemente en forma de palabra salvadora. Quizá será porque nunca le he visto en persona y es por eso que no he logrado vencerle, pero sé perfectamente que bajo tales disfraces se encontraba Él, el Amor. Pues bien, yo os prometo que quien sea capaz de traerme su cadáver poseerá la mitad de todo mi reino.
Enseguida se hizo un alboroto
sin igual, los murmullos y especulaciones llenaron el palacio. De entre todos los asistentes tomó la palabra uno de ellos, uno de los más despreciables, el Odio:
-Gran Señor, yo soy quien buscas, soy el Odio, enemigo natural del Amor,
yo aparezco siempre en el corazón de los hombres y en mi presencia no hay lugar para el Amor. Concédeme a mi primero el permiso para acabar con ese iluso. Yo te traeré su cadáver.
El Señor de las Tinieblas accedió y esperó con ansiedad el momento en que el Odio le trajese el cuerpo inánime de su más acérrimo enemigo. Pasó el tiempo y, exhausto y decepcionado consigo mismo, apareció el Odio. Se postró delante de su Señor y exclamó:

-¡Oh Señor! ¿Cómo no me di cuenta antes? A pesar de las luchas intestinas que he propiciado entre los hombres, a pesar de los rencores que he conseguido despertar en ellos, no he podido vencer. El Amor tenía a su favor el tiempo, pues Él todo lo calma, Él todo lo suaviza. Por si fuera poco contaba con el perdón, simples palabras que brotadas desde el corazón abandonan en el olvido al más encarnizado Odio. No sé cómo fui tan tonto como para no darme cuenta de que nunca logré ver al Amor porque mientras Él habita en el corazón de los hombres no hay sitio para mí.

No obstante este nuevo tropiezo en sus propósitos, el Señor de las Tinieblas no cejó en su empeño y al Odio siguió la Pereza, la Rutina, la Desesperanza, la Soledad, la Traición…pero el Amor consiguió derrotarlos fácilmente. La Pereza se percató de que en un corazón deseoso de Amor siempre hay ganas de luchar; la Rutina se alió con el Tedio, pero desaparecieron con la sonrisa de felicidad que surge en quien ama con cada nuevo día que amanece; la Desesperanza supo que quien ama está dispuesto a esperar mil vidas a su Amor; la Soledad, quizá fue la peor parada, pues se convirtió en fiel aliada del hombre y éste terminó desechándola por el Amor; la Traición causó graves problemas al Amor, pero cometió un error, intentó servirse del Odio, y ambos sucumbieron ante el Amor.
Cuando El Señor de las Tinieblas hubo comprendido lo imposible de su gesta, apareció un ente oscuro y extraño que intentaba ocultar su identidad a toda costa. Le dijo en tono confiado al Gran Señor:
-Yo te traeré el cadáver del Amor.

Como si de una broma pesada se tratase, el Señor de las Tinieblas se levantó de su trono y le increpó:
-¿Quién te crees que eres? Donde todos hemos fracasado, tú, que hasta te ocultas, ¿pretendes triunfar?
El desconocido insistió: -Yo te traeré su cadáver.

Al cabo de los años, aquél descarado y confiado ser entró en palacio con el cadáver del Amor en sus brazos. El Señor de las Tinieblas no daba crédito, como tampoco lo hacían los demás asistentes, donde nuevamente estaba yo, ahora con lágrimas en los ojos y un gran pesar en mi corazón.

-¡Lo has hecho!-exclamó el Gran Señor- La mitad de mi reino es tuyo. Pero antes dime, ¿quién eres, cómo lo has hecho?

Aquel personaje se descubrió ante todos y pude verle la cara, no se me olvidarán sus rasgos marcados y sus ojos penetrantes.
Soy el Miedo– contestó para revuelo y congoja de todos a excepción de mí- yo lo he matado.
En efecto, sólo él podía hacerlo en mi ausencia. Fue una noche, a altas horas de la madrugada, a traición. Se acercó al noble Amor por la espalda y sin mediar palabra le sesgó la vida con una puñalada certera en el corazón. El pobre Amor no supo reaccionar, quedó inmóvil ante su tremenda visión, quiso huir pero no pudo, ya era tarde, quiso pedir ayuda pero no le salía la voz. Allí quedó su alma, que aún sigue viva en el corazón de quienes algún día amaron, mas nada puede hacer si permitimos que el miedo se apodere de nosotros.
Y es que cuando eso ocurre, nuestro corazón se desboca, nuestro cuerpo se tensa y nuestro cerebro no funciona bien. En ese momento sentimos que nuestra vida peligra y atacamos, nos aislamos o huimos. Ninguna de estas reacciones permite que tratemos a los demás como si los quisiéramos, porque nadie quiere a alguien a quien teme y viceversa. Cuando uno se aleja de los demás, también se aleja de sí mismo y por eso uno en lugar de aprender a quererse, aprende a temerse.
¿Que quién soy yo? Solo yo soy capaz de vencer al miedo, habito en tu interior y estas palabras son mías.

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