Como últimamente estamos tratando el tema de la lucha diaria a la que nos enfrentamos, y como ando ocupado escribiendo temas para cuando lleve a cabo la reforma del blog, os voy a dejar otro de los textos que incluí en «Nacido de mí«. Expuesto en forma de metáfora, denunciando el maltrato animal de cuatro hijos de puta cobardes, trato de hacer ver al lector la ruindad de quienes se aprovechan de la gente de buena voluntad, de la gente leal, aquí bajo la apariencia del maltratado perro de pelea. Quizá sea un texto duro, pero es que la vida es así.
Pobre perro de heridas lacerantes. No te sigas lamiendo la sangre y deja caer hasta la última gota, sintiendo cómo se te va la vida al estrellarse contra el suelo. No te lamentes por tu maldita suerte. Pues nada hiciste para evitar la dentellada del verdadero enemigo.
Tú, que todo lo diste por tu dueño; por una palmada en el lomo; por una caricia detrás de la oreja; por un hueso duro que roer; ahora sólo ves espaldas y cuellos erguidos que se giran decepcionados dejando atrás tu cadáver. Porque eso es lo que eres: la sombra de tu ayer, un simple despojo.
Aún no te lo explicas. No encuentras el por qué, y para eso te dedico estas palabras.
Verás. De pequeño, mientras tu madre te amantaba, te explicaron en tono solemne el sentido de palabras grandilocuentes. Palabras tales como valor, coraje, lealtad, orgullo, casta. Con ellas forjaste tus armas y, junto a tus afilados colmillos, creíste poder sortear los obstáculos del devenir. Lo que nadie te explicó fue el significado de la condición humana: su perfidia, sus envidias, sus odios, sus miedos, su crueldad, su cobardía. Ya ves, has dedicado tu noble condición a servir a tan infame ser. ¿Todavía te sorprende su ingratitud?
Ahora nada puedes hacer. Quizá desees dedicar tus últimos instantes de vida a arrepentirte de no haber jugado otras cartas. Pero ya sabes, esta vida es una partida de una sola mano en la que unos saben jugar mejor, otros peor, unos tienen cartas marcadas y otros, como tú, mi noble amigo, no entendieron las reglas del juego.
Estabas convencido de que tu dueño daría la vida por ti como tú por él. Jamás sospechaste que cuando tú dormías a la intemperie, él soñaba plácidamente entre sábanas de seda. Cuando comías de su mano, siempre creíste que se quitaba la comida de la boca para dártela a ti. Pero no, sólo eran desperdicios. Cuando te entrenaba para la pelea, pensabas que jugabais. Pero no, simplemente te estaba convirtiendo en asesino. Con cada paliza, tu lealtad se acrecentaba sin ver el mal que te hacía.
Luego vino la arena y la sangre y el gentío y más perros con sus dueños y sus propias historias. Sin embargo, nada te importaba teniéndolo a él detrás. Una mirada, una brusca caricia, una voz, y a matar o morir por él, que para eso te hizo a su imagen y semejanza.
Tras los preliminares, el frenesí de la pelea a vida o muerte. Nunca viste nada más allá de tu oponente y tu propio dueño. Pero hoy es diferente. Hoy, por primera y última vez, has visto el velo obscuro de la muerte y has sentido su gélido susurro, «Hoy te toca a ti», ha dicho.
Bien sabes tú y bien sé yo que lo peor no son las heridas, ni el miedo que pasaste, ni las vidas que arrancaste, ni la vida que vas a perder… lo peor es el desprecio y la decepción dibujados en su rostro. Lo peor es que no será la suya la última cara que verás. Con un poco de suerte, alguien vendrá a rematarte antes de ser enterrado. Si no, únicamente te quedará el consuelo de ser sepultado con la misma arena que tantas tardes le dio la gloria a tu amo.
Lo pongo entero en negrita porque no tiene desperdicio. Ni yo abuela… xD