Unas palabras de Valentía.

Permitidme que os cuente una larga historia.
No es una creación mía y seguramente ya os lo habrán contado. Se trata de un pequeño relato metafórico de gran veracidad que leí no hace mucho en un libro bastante interesante escrito por el Dr. Mario Alonso Puig. La verdad es que lo voy a modificar un poco…(básicamente lo que está en azul es el relato original)
En un tiempo inmemorial, tuve conocimiento de que el Señor de las Tinieblas había convocado en su palacio, situado en un inhóspito lugar en lo más profundo de las entrañas de la tierra, a los seres más macabros y despiadados que el hombre jamás haya conocido. Yo también me encontraba allí, en un rinconcito para no llamar mucho la atención. A ellos se dirigió totalmente abatido diciendo:
Llevo miles de años urdiendo malévolos planes para acabar con el hombre y su creación. Para ello he sembrado la discordia, he provocado conflictos, guerras, rencores…y cuando parecía que al final la victoria sería mía, siempre apareció Él y rescató al infame y vil hombre de su aniquilación total. Apareció de diversos modos, a veces por sorpresa, a veces en forma de sonrisa espontánea, a veces en forma de mano amiga, otras en forma de caricia, otras disfrazado de sinceridad o simplemente en forma de palabra salvadora. Quizá será porque nunca le he visto en persona y es por eso que no he logrado vencerle, pero sé perfectamente que bajo tales disfraces se encontraba Él, el Amor. Pues bien, yo os prometo que quien sea capaz de traerme su cadáver poseerá la mitad de todo mi reino.
Enseguida se hizo un alboroto
sin igual, los murmullos y especulaciones llenaron el palacio. De entre todos los asistentes tomó la palabra uno de ellos, uno de los más despreciables, el Odio:
-Gran Señor, yo soy quien buscas, soy el Odio, enemigo natural del Amor,
yo aparezco siempre en el corazón de los hombres y en mi presencia no hay lugar para el Amor. Concédeme a mi primero el permiso para acabar con ese iluso. Yo te traeré su cadáver.
El Señor de las Tinieblas accedió y esperó con ansiedad el momento en que el Odio le trajese el cuerpo inánime de su más acérrimo enemigo. Pasó el tiempo y, exhausto y decepcionado consigo mismo, apareció el Odio. Se postró delante de su Señor y exclamó:

-¡Oh Señor! ¿Cómo no me di cuenta antes? A pesar de las luchas intestinas que he propiciado entre los hombres, a pesar de los rencores que he conseguido despertar en ellos, no he podido vencer. El Amor tenía a su favor el tiempo, pues Él todo lo calma, Él todo lo suaviza. Por si fuera poco contaba con el perdón, simples palabras que brotadas desde el corazón abandonan en el olvido al más encarnizado Odio. No sé cómo fui tan tonto como para no darme cuenta de que nunca logré ver al Amor porque mientras Él habita en el corazón de los hombres no hay sitio para mí.

No obstante este nuevo tropiezo en sus propósitos, el Señor de las Tinieblas no cejó en su empeño y al Odio siguió la Pereza, la Rutina, la Desesperanza, la Soledad, la Traición…pero el Amor consiguió derrotarlos fácilmente. La Pereza se percató de que en un corazón deseoso de Amor siempre hay ganas de luchar; la Rutina se alió con el Tedio, pero desaparecieron con la sonrisa de felicidad que surge en quien ama con cada nuevo día que amanece; la Desesperanza supo que quien ama está dispuesto a esperar mil vidas a su Amor; la Soledad, quizá fue la peor parada, pues se convirtió en fiel aliada del hombre y éste terminó desechándola por el Amor; la Traición causó graves problemas al Amor, pero cometió un error, intentó servirse del Odio, y ambos sucumbieron ante el Amor.
Cuando El Señor de las Tinieblas hubo comprendido lo imposible de su gesta, apareció un ente oscuro y extraño que intentaba ocultar su identidad a toda costa. Le dijo en tono confiado al Gran Señor:
-Yo te traeré el cadáver del Amor.

Como si de una broma pesada se tratase, el Señor de las Tinieblas se levantó de su trono y le increpó:
-¿Quién te crees que eres? Donde todos hemos fracasado, tú, que hasta te ocultas, ¿pretendes triunfar?
El desconocido insistió: -Yo te traeré su cadáver.

Al cabo de los años, aquél descarado y confiado ser entró en palacio con el cadáver del Amor en sus brazos. El Señor de las Tinieblas no daba crédito, como tampoco lo hacían los demás asistentes, donde nuevamente estaba yo, ahora con lágrimas en los ojos y un gran pesar en mi corazón.

-¡Lo has hecho!-exclamó el Gran Señor- La mitad de mi reino es tuyo. Pero antes dime, ¿quién eres, cómo lo has hecho?

Aquel personaje se descubrió ante todos y pude verle la cara, no se me olvidarán sus rasgos marcados y sus ojos penetrantes.
Soy el Miedo– contestó para revuelo y congoja de todos a excepción de mí- yo lo he matado.
En efecto, sólo él podía hacerlo en mi ausencia. Fue una noche, a altas horas de la madrugada, a traición. Se acercó al noble Amor por la espalda y sin mediar palabra le sesgó la vida con una puñalada certera en el corazón. El pobre Amor no supo reaccionar, quedó inmóvil ante su tremenda visión, quiso huir pero no pudo, ya era tarde, quiso pedir ayuda pero no le salía la voz. Allí quedó su alma, que aún sigue viva en el corazón de quienes algún día amaron, mas nada puede hacer si permitimos que el miedo se apodere de nosotros.
Y es que cuando eso ocurre, nuestro corazón se desboca, nuestro cuerpo se tensa y nuestro cerebro no funciona bien. En ese momento sentimos que nuestra vida peligra y atacamos, nos aislamos o huimos. Ninguna de estas reacciones permite que tratemos a los demás como si los quisiéramos, porque nadie quiere a alguien a quien teme y viceversa. Cuando uno se aleja de los demás, también se aleja de sí mismo y por eso uno en lugar de aprender a quererse, aprende a temerse.
¿Que quién soy yo? Solo yo soy capaz de vencer al miedo, habito en tu interior y estas palabras son mías.

¿Serías capaz?

Si en lo más íntimo de tu seno albergaras tal desesperanza que los minutos fuesen horas y los días sólo noches con sol, ¿serías capaz de pactar con el diablo?
Si, llegado el momento, el ángel caído te lo reclamara…
¿Le darías tus ojos al rey de las tinieblas sólo por ver feliz a quien sabes que te traicionará? Yo no los quise para mí a pesar de saber que ella sería feliz, pero no conmigo.
¿Le regalarías tus oídos a tan oscuro ente? A mí no me importó con tal de oír un falso ‘’te quiero’’ de la persona amada.
¿Derramarías hasta la última lágrima de tus ojos para divertimento de Satanás únicamente con la intención de hacer feliz a la causante de tu llanto?
¿Pasarías la eternidad inhalando el azufre del infierno a cambio de volver a oler la fragancia que antaño te cautivó? Yo aún sigo embriagado por su esencia.
¿Le otorgarías la capacidad de tu memoria a Satán por recordar tan sólo un buen momento pasado junto a quien tanto te despreció? Yo ahora no recuerdo ni quién fui.
¿Estarías dispuesto a darle tu corazón a ese ser macabro? Yo quise hacerlo para que me guardase un sitio en el corazón de quien me lo destrozó.
¿Te degollarías a ti mismo para calmar la sed de Lucifer con tu propia sangre y así volver a beber de los labios de aquélla que no dudó en compartirlos con otro?
Yo deseé rubricar mi destino con estas condiciones, pues para mí no había nada que perder. Es más, habría concedido mi alma con gusto por un último gesto de desaire cara a cara, pero el diablo nunca llegó a su cita con mi destino. Quizá prefirió sellar la senda de algún otro pobre infeliz que quizá hoy sea su lacayo, pues yo soy libre…

Espero que al leer esto al menos hayas podido escuchar tu conciencia, llorar de alegría (también me vale de tristeza), respirar aires de cambio, recordar experiencias pasadas, sentir tu corazón y/o valorar lo que tienes, pues para morir siempre hay tiempo…

Sold my soul

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