Vacío por completo.

¿Has sentido alguna vez un vacío tan profundo y tan negro que te lleva a la total desesperanza?

Con frecuencia, me he sentido agotado y exhausto de tanto luchar para ningún resultado, pero el vacío interior que vuelvo a experimentar es algo que ya no recordaba. Parecía estar tan lejos, que lo creí desterrado para siempre. Sin embargo, vuelve a estar ahí esa sensación de apatía y desánimo que tanto esfuerzo me llevó superar.

Como suele ocurrir, todo sucede en cuestión de segundos. Apenas un “no” o similares basta para destrozar tu mundo y transformar tu ánimo en desánimo, tu fuerza en debilidad.

Supongo que tendré que volver a sacar fuerzas de donde no las tengo para levantar la cabeza otra vez,  y que debo ser optimista y mostrar el sitio por donde entra un rayo de luz en la caverna, pero esto de tener los codos desgastados de tantas caídas ya empieza a aburrirme.

¿Puede un águila llorar?

No fue sencillo, pero al final me encontraste sin haberme buscado. Tal vez haya sido yo el que te ha encontrado después de tanta estéril búsqueda, mas una cosa es cierta: ocurrió como suelen ocurrir las más gratas sorpresas, sin preverlo.

Tuvieron que pasar años de sueños y ensoñaciones, de visiones fugaces, de delirios transitorios, para al final verte unida a mi piel. Tu mirada se clava en todo aquel que osa mirarte e incluso puedes poner los vellos de punta a quienes te imaginan sobre sus cuerpos.

Has salido de sus manos, mas antes estuviste en mi mente. Ahora soy yo quien te mira alucinado y quien trata de reconocerte, pues tengo que convencerme de que eres tú la misma de la cual tantas veces he hablado y la razón de ver cumplido uno de mis sueños. Te he tenido tantas veces al alcance de mi mano que ahora, cuando pienso en ti, me es inevitable olvidar que te tengo y sobresaltarme al ver que estás ahí, conmigo.

Tengo que confesarte que no faltan detractores que piensan que por tu culpa estoy marcado y que tendrá consecuencias. Pero sólo yo sé por qué estás ahí y por qué te busqué con tanto ahínco durante todos estos años. Y es que siempre estarás cubriéndome las espaldas para protegerme de pérfidas puñaladas, tus alas son la prueba tangible de la libertad de mi ser, y tus iniciales son indicios de mis orígenes.

En el futuro, lágrimas saldrán de tus ojos y parecerán ascender y nunca tocarán el suelo. De nuevo, sólo yo sabré por qué estarás llorando y, al verte, la gente se preguntará: ¿Puede un águila llorar?

Más pistas para lo que viene.

Después de las miradas inquisidoras sólo quedará la eternidad, o tal vez ni eso. Tal vez sólo quepa esperar el olvido en un infame rincón, ahogándote por el polvo, la mugre y la decepción.

Dejando pistas…

Piensa que es como creer en algo desde primera hora y por ello recibir eterno agradecimiento. Recuerda que el que recibió  tu ánimo cuando desfallecía, algún día te sorprenderá.

Olvidando viejas pesadillas y viviendo anhelados sueños.

Los bares de mi pueblo.

Excma. Sra. Dña. Alcaldesa de mi querido pueblo,

le dirijo esta misiva motivado por el desconcierto que experimenta mi espíritu al ver la nueva realidad que se impone en dichos lugares de ocio y divertimento tan nuestros. Tan de España.

No pretendo hacer una relación detallada de los mismos, ni mucho menos. Tampoco pretendo recriminarle nada, ni demandarle una pronta actuación, ni exigirle soluciones ¡Válgame Dios, bien sé yo que los políticos no estáis para eso!

Simplemente me propongo describir someramente algunos aspectos que me llaman la atención del panorama actual en cuanto a los bares de mi pueblo se refiere.

Y es que no paro de darle vueltas a la cabeza cada vez que veo a ese bar que fue traspasado hace poco a unos nuevos dueños, los cuales contrataron a tres o cuatro camareras –muy monas, por cierto, provenientes del Este de Europa- y que recientemente han puesto un vistoso cartelito que pone «café»–sin tilde, claro- No paro de preguntarme por qué dicen que los conejos del sitio son lo mejorcito de la comarcaquizá no sea un bar, a lo mejor es una tienda de animales que no cierra en toda la noche…no sé, no sé.

Hablando de noches ¿Qué me diría usted si yo le cuento que hay algún que otro bar que cierra tempranito, sin permitir entrada a nadie, pero que sí deja entrar a unos amigotes varias horas después de cerrar? Bueno, es verdad, no escuchan música ni bailan, ni toman nada. Además, sus carros dan mucho postín al vecindario. Ojalá tuviese yo sus cochazos, sus amiguitas…y su impunidad –para poder entrar, claro.

Otra cuestión de la que me gustaría hablarle es del alarmante aumento de clientela de los baretos mugrientos de toda la vida. Supongo que es una especie de regla de tres en este país: a más paro, más cierra-bares. Pero la culpa de eso la tienen otros… ¿no?

Por cierto, hay pocas cosas más desoladoras que ver uno de esos baretos made in Spain vacíos y tristes una noche de ‘’furbo’’. Simplemente porque su antigua y desleal clientela se ha ido al bar de enfrente –en sentido literal- porque tiene una televisión de plasma, o LCD, o como coño se llame. Pero así es la vida…así son los bares de mi pueblo.

Con la certeza de que no llegará a sus ojos esta carta y sin más que añadir, se despide de usted este humilde contribuyente.

A ti, soledad.

Quizá ya esté cansado de sentir escalofríos al paso de tus helados dedos sobre mi piel. Quizá esté harto de tu espectral visión paseando de mi mano. Quizá no quiera perder más el aliento por tenerte tan cerca. Quizá no desee seguir viendo escapar mi alma en cada suspiro por estar contigo. Quizá sea hora de espabilar del letargo en el que me has sumido.

Pero este amor es tan ciego que sin ti, soledad,  quizá me sienta vacío.

Para cuando le ocurra.

«Cuando, al verte, sus ojos se iluminen y sus palabras se escondan, recuerda. Cuando no pueda parar de sonreír a tu vera, recuerda. Cuando se sienta demasiado pequeño ante ti, recuerda. Cuando le beses y le sientas levitar, recuerda. Cuando lo mires y se derrita, recuerda. Cuando le acaricies y se evapore, recuerda.

Finalmente, cuando le dejes tirado, olvida que una vez alguien te amó más que a sí mismo. Ya de nada servirá recordar.«

Sin embargo, nunca dejes de arrepentirte…

Para cuando te ocurra.

«Cuando te abrace y sientas frío, piensa. Cuando te inclines para besarle y él se mantenga impasible, piensa. Cuando toques su cabello y se moleste, piensa. Cuando le acaricies y no  te corresponda, piensa. Cuando le veas y no acuda a tu encuentro, piensa. Cuando no sonría al verte, piensa. Cuando parezca haberse olvidado de ti, piensa.

Finalmente, cuando te dé de lado, deja de pensar. No te valdrá de nada

Es un guión que me sé de sobra. No soy adivino.

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