Hoy, os quiero obsequiar con un relato corto que incluí en mi libro “Nacido de mí”. Espero que os guste tanto como a quienes me han pedido que lo suba casi desde el momento en que lo leyeron.
Sentado sobre su cama, no hacía más que recordar aquello que tantas veces le repitió su madre de joven, cuando aún iba a la escuela y cuando tuvo su primera cita aún siendo niño. “Hijo, limpia bien tus zapatos. Dicen mucho de la persona que los lleva”. Ésas eran las palabras que resonaban en su mente mientras su mujer, detrás de él, apoyada sobre el quicio de la puerta, lo miraba con media sonrisa que denotaba complicidad y preocupación a la vez.
Aquel gesto de su marido se había repetido con demasiada frecuencia los últimos meses. Cada día se levantaba temprano, llevaba a sus hijas al colegio y hacía fotocopias en la papelería más cercana, intentando no ser visto por sus pequeñas. Luego, con pocas esperanzas pero mucho coraje, iba a los sitios más insospechados a repartir sus folios. En cada uno pegaba cuidadosamente su foto, con unos años menos para disimular su edad. Pero algo le decía que su esfuerzo era en vano; que sus folios no iban a durar mucho más que su propia estancia en dichos establecimientos. Todavía recordaba aquella vez que dejó uno de sus folios en el mostrador de una tienda de ropa y tras dar varios pasos, se dio media vuelta para agradecerle su amabilidad a la dependienta y ésta ya había hecho una bola muy simpática con su foto, dispuesta a ser lanzada a la papelera. Todavía hoy se pregunta qué era lo que más le dolió, si la falta de respeto o el guantazo que le dio la realidad.
Mientras se afanaba en sacar brillo a sus zapatos, allí seguía su esposa, consciente de la humillación que suponía para su marido salir cada mañana a buscarse la vida sin tener ni una oportunidad, y de la profunda vergüenza que sentía éste al salir del hiper con un par de chorizos bajo el brazo y la fruta mal pesada al pasar por caja para tener algo extra que llevarse a la boca. Ya no es el mismo que se comía el mundo cuando aún le dejaban. Ahora está más calvo y más gordo y con más arrugas. A nadie le importa demasiado toda la mili que lleva en su maletín. Toda esa experiencia desperdiciada simplemente porque no cumple el canon de belleza establecido.
Sin embargo, ahí estaba él dando lustre a sus zapatos tal y como lo había hecho durante los últimos cuarenta años. Quizá lo hacía porque era uno de los pocos minutos al día en que gozaba de paz y tranquilidad. O quizá fuese porque, efectivamente, tenía la convicción de que hoy se encontraría con un jefe capaz de reconocer a un buen trabajador entre tanto maniquí descerebrado.
Al cabo de un rato, satisfecho por su buena labor, se levantó dispuesto un día más a buscar fortuna. No obstante, sin tiempo para el desánimo, al ver a su esposa con el gesto congelado y una lágrima caminando lentamente por una de sus mejillas, supo por qué salía cada mañana: porque se lo debía a su mujer y a sus hijas.

