¿Mi futuro?

Me preguntaba mi querida Capitana, mi queridísima Capitana, que cómo me imagino a mi yo del futuro si ahora se me presentase.

La verdad es que no he querido responder a la ligera a esta pregunta para no tener que tragarme mis palabras el día de mañana, y también para no caer en una falsa modestia.

Siendo sincero, se me ha ocurrido un sinfín de posibilidades de mi futuro. Pero de lo que aquí se trata es de intentar vislumbrar mi proyección personal, de cómo seré con el paso del tiempo, -a lo cual os invito-. Para ello, me he planteado partir desde cómo soy en la actualidad.

Así, groso modo, me definiré como un tipo formal, serio, afable según con quién, gruñón según cuándo y dónde –y también con quién-, observador –hasta límites insospechados- a la par que despistado, desconfiado, luchador, leal, orgulloso, testarudo, impaciente, sincero, borde, cortante, callado, hablador según con quién, cuándo y dónde, impulsivo…

Bien, no  sé adónde me lleva todo esto, pero en principio es así como me veo a mí mismo –ahora que lo pienso, también debería añadir rencoroso, agresivo, pasota, paranoico, etc. etc. etc., pero si lo pongo no me salen admiradoras-.

En cuanto a mis proyectos vitales, que en cierto modo van conformando mi personalidad, y que formarán parte de mí –o no- en el futuro, tengo varios: terminar la carrera de Historia, sacarme las oposiciones de penitenciaría y seguir escribiendo. No, el amor no es un proyecto vital para mí, al menos no en este momento.

Hasta aquí lo actual, de cuya evolución dependerá mi forma de ser futura. Ahora toca elucubrar un poco, y lo haré de forma rápida, realista y tajante. Es decir, si hoy día soy tal y como he dicho que soy, teniendo en cuenta que actualmente todo me va relativamente bien, el hecho de pensar que me sacaré la carrera para no trabajar “en lo mío”, de que probablemente no consiga plaza como funcionario de prisiones y de que seré un escritor aficionado toda mi puta vida, no me dan razones halagüeñas para prever una madurez y vejez idílicas.

Sí, así es cómo me veo si no tengo un poco de suerte y no consigo “trabajar en lo mío” –bien como funcionario de prisiones, bien con algo relacionado con la Historia-, o triunfar con algún libro que escriba, el cual sea leído por algún progre snob en busca de un novel del cual aprovecharse y me elija a mí, cumpliendo de esa forma mis sueños: “ser explotado por una panda de hijos de puta que editen mis historias y me paguen por ello”, -entrecomillado, como si fuera la cita de alguien importante-.

Sea lo que sea, tanto si triunfo como si no en mis propósitos, mucho me temo, querida Capitana, que seré un tipo amargado, taciturno, hastiado, malhumorado y frustrado –sí, incluso si triunfo me veo de esta forma-. Como no me  preguntabas si me caería bien o mal, me ahorro esa otra teoría, mas no dudo que me daría muchísima lástima de mí mismo.

Por todo ello, espero que sigas ahí toda mi vida, para hacerme sentir afortunado y pensar que hubo algo a lo largo de mi existencia que valió la pena alcanzar y conservar.

 

P.D. que no se me ofenda  nadie, cada persona que me conoce sabe bien mi opinión sobre cada cual: a quien quiero, a quien odio, a quien aprecio, a quien tengo como un-a hermano-a, etc. Pero mi Capitan666 es mi Capitana666.

Da igual ganar o no ganar…

A nadie se le escapa que Don Arturo Pérez-Reverte es uno de mis escritores favoritos y que, por lo general, sus palabras son un referente para un humilde servidor.

Aquí os dejo un breve vídeo que hace pensar a cualquiera que tenga un par de dedos de luces.

Espero que os haya hecho pensar y que luchéis a cara de perro hasta que no os quede aliento.

Deciros a los que estáis cerca de mí que, por favor, me recordéis siempre estas palabras.

Lucha por ti.

Sientes su mano fría cuando la coges, el calor de sus besos parece también extinto, y su mirada… su mirada se encuentra perdida en el vacío cuando está contigo. Tú, por el contrario, intentas escrutar su alma a través de sus ausentes pupilas y ardes en deseos de revivir lo que un día llamasteis pasión. ¿Quién no ha sufrido, vivido esto? ¿Quién no ha degustado el sabor amargo del amor que se pierde? Yo sí.

El primer impulso ante una pérdida es buscar. Por ello, ante la desesperación que provoca ver la paulatina, aunque inexorable, pérdida de aquella persona a la que se ama, tendemos a buscarla e intentar mantenerla a nuestro lado todo el tiempo que nos sea posible, llegando a límites insospechados y perjudiciales para nosotros mismos. Crasso error, pues en el amor no hay ataduras posibles, y al perecer éste, menos aún.

Cuando ves que en la dura guerra del amor, y de la vida, aquella persona a la que has escogido como acompañante va a marchas forzadas, o simplemente se encuentra a millones de años luz de ti pese a tenerla al lado, entonces tienes que tener claro que ya se dio por vencida y que poco puedes hacer tú, excepto salvarte a ti mismo.

¿Cómo se logra eso? Obviamente, no es tarea fácil. Ves y sientes cómo tu mundo, vuestro mundo, se derrumba y desvanece poco a poco. Y duele. Sin embargo, hay que mirar adelante, fijarse proyectos, nuevas metas, y substituir las lágrimas de desesperación por ganas de comenzar un nuevo día. Hay que ser conscientes de que hiciste todo lo que pudiste, pero al igual que dos no pelean si uno no quiere, tampoco hay amor donde uno no lo da.

No obstante, esto no se logra sin sacrificio. Quedan las dudas, queda el “y si…”, y a veces la persona amada tiene gestos que parecen justificar su actitud pasada, logrando con ello que olvidemos lo pasado y desistamos de nuestro propósito. Llegados a este punto, de poco o nada sirven mis palabras, reflexiones o consideraciones, pues todo depende de la voluntad y de la capacidad de autovaloración de cada cual.

Espero haberte sido de ayuda.

¿Te caerías bien?

Hace varios días entré en un blog. En uno de sus posts encontré una cuestión que me dejó pensando al respecto hasta hoy –y lo que me queda-.

La respuesta a esa pregunta tiene mucho que ver con nuestra conciencia, con el hecho de estar, o no, a gusto con uno mismo. Estos días he estado divagando sobre mi infancia, sobre mi evolución personal, sobre mis facilidades y dificultades, sobre mis proyectos y sobre mi entorno.

A día de hoy, he podido recordar que de pequeño siempre fui callado, observador, leal, valiente, sincero, testarudo y, en esencia, bueno. También he recordado todo lo que esperé ser de mayor… Vaya por delante que sé que soy muy joven todavía, que me queda mucho que pasar y mucho que cambiar. La vida es así, y hoy no tienes nada y mañana tienes el sol a tus pies; o, por el contrario, hoy eres el rey, y mañana una mierda pinchada en un palo.

No obstante, siempre quise ser de mayor alguien con cultura, -recuerdo que me preguntaba a menudo qué había que hacer para que mi foto figurase en una de las páginas de La Nueva Enciclopedia del Mundo, que mi padre compró cuando yo era un mocoso-. Nunca me llamó la atención el tumulto, al contrario, me sentí siempre incómodo con la simple idea de que se me confundiera con el resto –de hecho, en el cole odiaba los trabajos en grupo-. Me agradaba ser el más, o de los más, corpulentos de la clase, siempre presumía de mi fuerza con respecto a los demás. Por último, me recuerdo viendo durante horas infinidad de documentales de animales y, sobre todo, de Historia. Y como curiosidad, siempre quise ser abogado de mayor.

Bien, hasta ahí los anhelos de un niño de clase media baja. El menor de cinco hermanos, hijo de guardia civil y ama de casa.

Si hoy día me encontrase con ese pequeñajo que un día fui, sin duda me caería bien por sus buenas formas, su curiosidad y su sonrisa, a caballo entre tímida y pícara, pero siempre sana y sincera.

¿Y yo? ¿Le caería bien a él? En el caso de que él no supiese que yo soy él en el futuro, con toda seguridad sí. Quizá no entendería muy bien por qué el adulto es tan ateo, y ello le llevaría a preguntármelo directamente, a lo cual yo le respondería: “socio, ¿ves todos esos libros? Por lo que me han enseñado –incluida la Biblia- es por lo que soy tan ateo” Al tratarlo de igual a igual me habría ganado su confianza y respeto. En el caso de que él supiese que yo soy él en un futuro, probablemente el pequeñajo me diría “gracias yo adulto, por conservar y mejorar mi físico y fuerza, por haberte hecho el tatuaje que desde hace poco se me ha metido en la cabeza hacerme de mayor, por intentar con humildad entrar en las páginas de la Enciclopedia, por haber estudiado esa carrera -Historia- que me fascina y que me hace ver innumerables documentales de guerras y acontecimientos, por no haberte metido en demasiados líos,  por seguir rechazando los trabajos en grupo, por respetar a los tuyos como yo lo hago, por no olvidar los valores que me están inculcando, y sobre todo, gracias por conservar a mis mejores amigos, que mi trabajo me está costando conseguirlos, y aumentar ese cupo de verdaderos amigos con el tiempo.

Otro día me explicarás por qué todavía no has viajado a medio mundo, por qué te dejaste romper el corazón, por qué no has estudiado también derecho, y por qué no eres millonario…”

Luego, ese chaval de entre 7 y 9 años se sentaría frente a mi estantería y empezaría a mirar cada libro y cada folio de apuntes, y yo me quedaría sentado en mi sillón, mirándolo con detenimiento, intentando reconocerme en él con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras tanto, me preguntaría yo a mí mismo: ¿haré el mismo buen trabajo que hicieron mis padres conmigo?

La Vida y su descaro.

A veces, la vida tiene el descaro de presentarte a personas que van como anillo al dedo con determinadas circunstancias personales tuyas, y cuya entrada en escena te hace ver, y, mejor aún, comprender, que te estabas quejando por nada.

A principios de año, como bien saben los que más me conocen, no atravesé precisamente una de mis mejores etapas –suelo tener unas entradas de año un tanto… complicadas-, y tal fue el caso que, cuando creí tocar fondo, la vida tuvo la desfachatez de presentarme a dos personas cuyas historias personales dejaban a la mía a la altura del betún. La vida, -o quizá debería decir “La Vida”-, tuvo los santos cojones de presentarme a J. y a S. con la clara intención de hacerme ver que, pese a mi pretendida madurez, no era –soy- más que un puto niñato llorica.

Si alguien se pregunta por qué traigo a colación este tema, ya se la respondo. No es que sean las únicas personas cuyas circunstancias me hayan ayudado a valorar lo que tengo, ni mucho menos. Es un mero homenaje a J. y a S. en particular, pero acordándome de todas aquellas personas –muchas de las cuales entráis aquí con frecuencia-, que me han ayudado a ser mejor de lo que era antes de conocerlas. Lo último que supe de S. es que se quedó en paro a sus cuarenta y muchos. J. por su parte, está fijo en su nuevo puesto. Supongo que estas letras las escribo para desterrar de mi mente la preocupación que siento por S., y también para convencerme de que, tal y como ambos me enseñaron, con perseverancia, humor y cojones, todo se enmienda.

¿Y por qué hoy? Fácil. Me despedí de S. hace una semana, y no sé si volveré a verlo o a hablar con él –espero que sí-, y a J. lo vi hace unos días. Nuevamente La Vida me los ha colocado en mi camino al mismo tiempo, quizá como recordatorio de sus ejemplos y de que no debo quejarme más que lo justo con lo que se me viene encima.

No me pertenece a mí contar sus vidas aquí. Simplemente os hago testigos de su existencia porque son piezas de mi particular puzle, cuya aparición me ayudó y me ayuda enormemente a superarme a mí mismo.

Ellos son J. y S., y son mis amigos.

So far away, de Staind.

Es curioso cómo llegan las buenas etapas de la vida y no nos damos cuenta. Desde hace poco tiempo he notado que ahora me encuentro en una de esas (¿efímeras?) etapas, pero ha sido hoy cuando se han confirmado mis sospechas. Ha sido al reparar en mi nueva forma de saludar.

Sí, de saludar. Hasta hace nada, solía contestar a la típica pregunta de cortesía de “¿cómo estás?”, con un osco y resignado “jodido”. Sin embargo, hoy he tenido la suerte de poder saludar a una persona a la cual aprecio muchísimo. Al hacerme la antedicha pregunta, he respondido con un alegre y sincero “Como nunca. Bien, muy bien”.

Y es verdad, me encuentro como nunca. He cumplido sueños, me he fijado metas, he retomado proyectos, he vencido a enemigos, me han salido nuevos enemigos que me mantienen alerta y que me ayudan a mejorar, conservo amig@s que ya tenía, y me siento bien, muy bien.

No iba a escribir al respecto, mas tenía ganas de subir una canción que solía escuchar en mis horas bajas –demasiadas, quizá- y que hoy día sí que tiene sentido subirla porque expresa mi actual estado, mis actuales circunstancias, mientras que de haberla subido antes, sólo habría expresado un anhelo.

So far away, de Staind.

Sexo en el trabajo, o de cómo cambian las tornas…

Al verla llorando desconsoladamente, sentada sobre la mesa de su despacho, él se acercó lentamente, con la delicadeza de un zorro entre la hierba al acecho de su presa.

El móvil roto en el suelo le hizo pensar en una pelea con su marido, por ello optó por sentarse a su lado, sin decir palabra alguna. Ella sólo se percató de su presencia al sentirlo cerca, tanto que, al finalizar sus últimos sollozos, podía oír su respiración y, sin llegar a mirarlo, sentir su mirada.

Únicamente apartó la vista del móvil cuando él decidió pasarle el brazo derecho por detrás de la espalda, mientras que con la mano izquierda le acariciaba su frágil barbilla, aún con restos de lágrimas.

Ella se dejó llevar por la emoción. Apoyó con delicadeza la cabeza sobre su pecho, lo cual aprovechó él para terminar de rodearla con sus brazos, fundiéndose los dos en uno, naciendo al instante una misma necesidad.

Acto seguido, besó la frente de la chica, que, nada más sentirlo, levantó la mirada hacia él para a continuación aproximar sus labios. Ambos se besaron lentamente, saboreando, más que los labios del otro, cada segundo del reloj. Ella se sentó sobre las rodillas de su compañero, buscando mayor refugio; pero era inevitable que notase en poco tiempo cómo el miembro de aquél crecía a la par que se hacía más… consistente. Al notarlo, su excitación también fue en aumento y olvidó por completo los votos de fidelidad hechos a su marido, pues allí sólo había lugar para ellos dos y la pasión. Así, ella resolvió poner a prueba la “consistencia” de la erección de su pareja, primero con las manos, luego con la boca y finalmente, introduciéndoselo suavemente, muy suavemente, de espaldas a él, que se encontraba sentado en la mesa, ligeramente recostado, en su vagina. El joven dejó que su falo penetrase en ella por completo, con facilidad. Mientras masajeaba con una mano uno de sus senos y con la otra el clítoris, le daba tiernos besos en el cuello a la mujer que ahora poseía. Tras unos minutos de frenesí, los movimientos acompasados de caderas y los gemidos de placer le condujeron al irremisiblemente al orgasmo.

-Es una lástima que discutas con tu marido, -comentó él al vestirse-.

-¿Con mi marido? No me ha pasado nada. ¡Lástima de móvil!

-Cómprate otro-.

Insensible, dijo ella para sus adentros. Puta, pensó él.

Espero que os haya gustado. Se trata de una prueba de estilo, donde he pretendido crear un relato erótico con 400 palabras. Por favor, decid lo que tengáis que decir, acepto críticas.

Amor da dolor, y dolor… sabiduría.

Os dejo con un temazo de rap, titulado: Sabiduría, de Iván Nieto. Me encanta este tema porque todo lo que dice es lo que yo pienso.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar