La muerte del dragón.

¿Estoy echando humo por la boca? ¡Sí! ¡Dios, donde hay humo es que hay fuego! Si el humo sale de mi boca…¡Puedo escupir fuego!

Joder, la de cosas que puedo hacer escupiendo fuego. No pasaré frío nunca más esperando el bus, podré defender a los indefensos, podré…¡podré carbonizar a l@s hij@s de la gran puta que me joden la vida día sí y día también! Se acabaron las putadas, las puñaladas traperas, la hipocresía, las traiciones, las ¡Aisshh, Mierda! ¡Me he quemado el dedo!  Maldito puro…eras tú el causante del humo…pero no el culpable de mis delirios.

Así murió este dragón antes de haber nacido. Ahora tendré que seguir agachando la cornamenta para seguir encajando estocadas en el lomo. O quizá no…

Una última calada y ya está. A tomar por culo el puro. A tomar por culo todo.

Los bares de mi pueblo.

Excma. Sra. Dña. Alcaldesa de mi querido pueblo,

le dirijo esta misiva motivado por el desconcierto que experimenta mi espíritu al ver la nueva realidad que se impone en dichos lugares de ocio y divertimento tan nuestros. Tan de España.

No pretendo hacer una relación detallada de los mismos, ni mucho menos. Tampoco pretendo recriminarle nada, ni demandarle una pronta actuación, ni exigirle soluciones ¡Válgame Dios, bien sé yo que los políticos no estáis para eso!

Simplemente me propongo describir someramente algunos aspectos que me llaman la atención del panorama actual en cuanto a los bares de mi pueblo se refiere.

Y es que no paro de darle vueltas a la cabeza cada vez que veo a ese bar que fue traspasado hace poco a unos nuevos dueños, los cuales contrataron a tres o cuatro camareras –muy monas, por cierto, provenientes del Este de Europa- y que recientemente han puesto un vistoso cartelito que pone «café»–sin tilde, claro- No paro de preguntarme por qué dicen que los conejos del sitio son lo mejorcito de la comarcaquizá no sea un bar, a lo mejor es una tienda de animales que no cierra en toda la noche…no sé, no sé.

Hablando de noches ¿Qué me diría usted si yo le cuento que hay algún que otro bar que cierra tempranito, sin permitir entrada a nadie, pero que sí deja entrar a unos amigotes varias horas después de cerrar? Bueno, es verdad, no escuchan música ni bailan, ni toman nada. Además, sus carros dan mucho postín al vecindario. Ojalá tuviese yo sus cochazos, sus amiguitas…y su impunidad –para poder entrar, claro.

Otra cuestión de la que me gustaría hablarle es del alarmante aumento de clientela de los baretos mugrientos de toda la vida. Supongo que es una especie de regla de tres en este país: a más paro, más cierra-bares. Pero la culpa de eso la tienen otros… ¿no?

Por cierto, hay pocas cosas más desoladoras que ver uno de esos baretos made in Spain vacíos y tristes una noche de ‘’furbo’’. Simplemente porque su antigua y desleal clientela se ha ido al bar de enfrente –en sentido literal- porque tiene una televisión de plasma, o LCD, o como coño se llame. Pero así es la vida…así son los bares de mi pueblo.

Con la certeza de que no llegará a sus ojos esta carta y sin más que añadir, se despide de usted este humilde contribuyente.

Déjalo. Tienen esa condición.

Está claro. La cuadratura del círculo es tan imposible como lo es sobrevivir sin oxígeno para un humano, o encontrarle los tres pies al gato, o viajar a través del tiempo, o… ¡pedirle respeto, buena educación e igualdad a más de un político español!–los primeros problemas quizá se resuelvan con el tiempo, pero el último jamás…-

Vamos, que hacer que un politicucho de tres al cuarto -de tercera división, por así decirlo-, acepte una norma de un establecimiento que se encuentra en su feudo es algo impensable. Bueno, impensable para alguien sensato, no para alguien como el que escribe estas líneas.

De este hecho me di cuenta ayer a las 22.02 de la noche cuando, tras once horillas de pie, me topé con uno de esa cada vez más infame casta.

Allí me encontraba yo, anclado en la entrada para impedir el paso a los rezagados de última hora. Gente de todo tipo: desde señoritas de muy buen ver queriendo pasar para comprar un pinta labios, hasta padres implorando entrar para comprar una barra de pan, pasando por los típicos cafres en busca de su litrona…Todos suelen dar la brasa mientras yo, haciendo algún gesto de comprensión, pero inmutable en mi intransigente propósito, tan solo les doy una explicación: “Hemos estado doce horas abiertos y ya hemos cerrado’’ Tras ello suelen irse de buenas o acordándose de algún familiar mío, vivo o muerto –estos hijos de perra no tienen miramiento- y ya está. Pero ayer fue distinto por tratarse de un Excmo. Señor Don politicucho de medio pelo de mi pueblo.

Como les decía, allí estaba yo –juro por Dios que después de nueve días sin descanso y más de once horas de pie (seguidas y también sin descanso) y alguna que otra por delante, me dolían los pies, las rodillas, la espalda, la cabeza y hasta los cojones-, intentando hacer lo mejor posible mi grandiosa labor cuando intentó zafarse de mi cerco visual un tipo feo, pequeño y regordete que me resultaba familiar:

-Disculpe caballero –exclamé mientras me dirigía hacia este espécimen-. Ya hemos cerrado.

-¡Zolo vi’a compra doh botella que m’acen farta! (¡solo voy a comprar dos botellas que me hacen falta!) – Afirmó avanzando con aires de superioridad-

-Lo siento caballero… –le insistí, visiblemente contrariado y molesto al ver de quién se trataba-. Ya hemos cerrado, no se puede entrar.

-Me cago en la leche –se quejaba amargamente al tiempo que me miraba desafiante- ¡Qué zolo vi’a compra unah botellah que me jacen farta cohone! (¡Qué solo voy a comprar unas botellas que me hacen falta, cojones!)

Aprovechando la coyuntura, por mi izquierda intentaba colarse una parejita. Pero fulminándoles con la mirada les advertí –con toda la gravedad que mi aguda voz puede- <<¡ya hemos cerrado!>>

Con un débil lo siento, salido de la fémina, zanjé ese frente y con esperanzas de que el antedicho politiquillo emulase aquella lección de modales y saber estar dada por la chavala le dije: <<aquí, las normas son para todos>>

Cogió el camino y dio media vuelta. Vi cómo se alejaba y, como a toda mierda andante, dejé de prestarle atención. Pero me fue imposible evitar subirme en una nube pensando en mi pequeña victoria sobre el sistema, en la lección dada a la mala calaña que nos ‘’dirige», en…¡mierda!..¡¡¡¡una compañera le estaba dando paso!!!! ¡¡Increíble!!

Con los ojos obnubilados por el odio que había levantado en mí tal traición, cerrando los puños para aliviar tensión y apretando la mandíbula para no buscarme un buen problema…escuché detrás de mí la voz de un anciano cliente que me decía con tono de complicidad: <<Déjalo. Tienen esa condición>>

Efectivamente. Lo dejé…pero me sigue sabiendo la boca a hiel.

Lo que hace un culo.

Y no. No me refiero a cagar. Un culo…¡lo puede todo!

Un culo puede parar el tráfico tan fácilmente como yo puedo regar las flores. No es broma. Esta mañana iba yo al tajo, en el tranvía, tan apaciblemente amargado como de costumbre. Enfrente de mí estaba sentada una chica, bastante mona, bien arreglada y maquillada. Nos cruzamos una mirada; ella esbozó una sonrisa y yo, impasible el ademán, saqué un libro –´´Un médico rural´´, de Kafka- de mi mochila para aliviar un poco el trance que supone ir camino del matadero…

Suena el nombre de mi parada. Suspiro, meto diligentemente mi librito en la mochila, compruebo si me falta o no la cartera y el móvil, levanto la mirada y ¡zas! El asiento vacío, sin esa carita. En su lugar, a su altura, un culo sencillamente espectacular. Y yo, menos amargado que antes, sentado detrás sin saber muy bien lo que hacer…-o mejor dicho, sin poder hacer nada-. Se abrieron las puertas y conseguí salir casi de un salto…detrás de ella, claro –caballeroso hasta el final-.

Esa forma de andar, esos tacones, esos vaqueros, -ese…¡ese culito, por Dios!-me poseyeron como un hechizo. Lo confieso.

Parecía llevar prisas y se distanció fácilmente. Llegando al paso de peatones –yo iba unos metros por detrás-, todos los coches frenaron en seco; sin prisas por reanudar la marcha; todos sonrientes y extasiados, felices como cerdos en la corraleta, como dioses en el Olimpo. Es lo bueno de ir al socaire de ese trasero –pensé-. Hasta que un bastardo estuvo a punto de atropellarme al reanudar la marcha con impaciencia y sin ver que yo estaba a medio cruzar. Lo miré cagándome en sus muertos y volví a mirar al frente buscando a mi socia. Pero ya no estaba. Mierdame dije-, este hijo de puta me ha tirado del cielo.

Brindemos por este hijo de puta.

Propongo un brindis. Yo brindaré con agua, si me lo permitís.

Brindaré por los que se fueron de mi lado, por los que eché del mismo, por los que no llegaron a estar, por los que no estarán y por los que están y seguirán ahí.

Hoy no brindaré por los amigos que se desvanecieron entre la neblina del tiempo, esos que aún recuerdo con gratitud pero cuyo camino se bifurcó del mío. Ni por los que conservo.

Mejor brindaré por los amigos que se convirtieron en enemigos y por mis enemigos que siguen siéndolo. Espero que nunca me falten, pues prefiero que desaparezcan mis fieles antes que mis detractores. Sin éstos no me entendería.

Brindaré por todas y cada una de las zancadillas que me han hecho –aunque maldigo las que me queda por sufrir- levantarme del suelo. Se agradecen las cicatrices que dejan –no sólo en manos y rodillas- algún@s malnacid@s por su envidia, avaricia, traición, celos, malicia, estulticia, incompetencia, injusticia…

Brindaré por las putas que se cruzaron en mi vida y cuyas acciones –putadas, para los que no lo sepan- estuvieron a punto de destrozármela. A ellas les debo la eficacia de mis cojones. También brindo por las que recuerdo con afecto. Aunque a éstas no les debo nada.

Déjenme brindar por aquéllos docentes ganapanes cuya incompetencia me hizo ver lo anecdótico y defectuoso del sistema. Hoy no brindaré por los que despertaron en mí el ansia del conocimiento gracias a su vocación.

Otro día brindaré por los que sacan el lado más dulce y afable de mí. Hoy no tengo ganas.

A ustedes sólo os pido que brindéis por este hijo de puta que os habla por escrito – con lo que tengáis más a mano que se pueda beber-.

Un sol, unas nubes y yo.

Al salir del trabajo, mirando al suelo asqueado hasta de mi sombra, sin ganas de ver el mundo, sin ganas de contactar con ser humano alguno, vi enfrente de mí un atardecer como pocos he visto. Quedé quieto, observando la forma en que el sol era eclipsado por preciosas nubes de color indescriptible y forma de olas, cual mar embravecido. La casi total ausencia de viento las dejó delante de mí como esculturas expuestas para este humilde espectador. Nunca me he fijado en el atardecer después de salir del trabajo. Llevo tres años sin fijarme en el atardecer. Llevo tres años olvidando lo que me gusta ver el atardecer.

Ahora, miro atrás en el tiempo para ver lo que me queda de mí mismo. Saco en claro que no sólo he perdido esos atardeceres y ese sol, sino también personas y sentimientos. Así es, tengo todo un cementerio de personas vivas. Eso es lo que tengo, una muchedumbre que un día fue importante para mí y que hoy son simples despojos de mi ayer. En definitiva, hoy siento un vacío tan desolador que no sé ni lo que puedo llegar a sentir.

No paro de preguntarme cuál será el motivo. Probablemente sea la consecuencia de este carácter rudo e implacable, aunque benévolo, que me han ido imponiendo el tiempo y mis congéneres. Quizá sea la desconfianza que hace tiempo desoló mi alma. O quizá sea así porque tenía que ser así.

Lo único que sé es que yo habré cambiado. Pero ese sol sigue cautivándome, pese a estar escondido tras sus nubes –quizá distraído, como yo, por la belleza de las mismas-, después de tres años sin acordarme de él.

De cómo las vergas foráneas refinan a una puta autóctona.

Esto fue lo que he saqué en claro hace un par de días tras una breve discusión con una vieja conocida.

Se trata de una pava de mi edad y de mi pueblo, de esas de ‘’ofú shiquillo que mala follá tiene, digo er tío lo que ma` disho’’, -precisamente eso era lo que solía exclamar antaño- la cual ha vuelto de UK tras una temporada de Erasmus para finalizar su carrera y ampliar su inglés…o para abrir sus ingles, tanto monta…

La cuestión es que andaba yo liado con unos clientes muslimes, los cuales no entendían muy bien ni el castellano ni el inglés. Tan sólo un poco de francés (yo ni zorra idea) y árabe. Y allí estaba yo, entendiéndome a duras penas con mis moros mediante gestos y chapurreando francés (ambas partes) y castellano (ellos, pues yo lo domino bastante), cuando emergió de la nada mi malintencionada comadre espetando, sin previo saludo, un ‘’ojú, ¿por qué no aprendes inglés? Todo el mundo sabe hablar inglés ‘’.

Imagínense la escena: un tipo de metro noventa y casi ciento veinte kilos, haciendo indicaciones apresuradas a tres árabes de entre metro ochenta y metro ochenta y cinco, de unos cuarenta y tantos años o más, mirando al de metro noventa con cara de pasmados, con la tensión en el ambiente, sin entender ni papa de lo que aquél les intenta decir, y al lado una tipa de metro sesenta y poco, de gilipollez supina, soltando semejante mierda por esa boquita de putita reconvertida en lady putita.

Inmediatamente pensé ¿Se le habrá olvidado saludar en castellano? Pero luego, con la mirada de asco clavada en esa insolente, seguí debatiendo para mis adentros ¿Qué carajo le importa a ella cómo yo le hable a los demás? ¿Qué coño sabrá ella si yo ya he intentado hablarles en inglés? ¿Qué cojones sabrá si yo hablo bien o mal o regular el inglés? ¿Por qué no se habrá atragantado con la lefa de las pollas británicas?

En definitiva, cuando un piojo revivido sale del terruño que lo vio nacer -más en este país de ignorantes y catetos-, y regresa…suele pasar que los delirios de grandeza nos llevan al esperpento más calamitoso.

Por cierto…fucking bitch, suck my dick…the next time, shut up, please! –al final hasta voy a rimar en inglés-

Nunca llueve a gusto de todos.

Es curioso, el otro día hablaba yo con una amiga mía acerca de lo mucho que cambian las cosas en esta vida, de cómo giran las tornas, de cómo da vueltas el mundo…

Es así, en estos días de lluvias pienso que de pequeño rezaba a Dios para que ‘’lloviese a partir de las 00.00 a.m. ‘’ porque antes de esa hora estaría en la calle (por lo general hasta las 22.00 p.m.) y no quería perderme mi poco tiempo de esparcimiento futbolístico. Además, pensaba, a esa hora se fastidiarían pocos. Por desgracia, tenía que asumir con resignación la sordera de Dios. Hoy me cago en la puta que cagó a ese mismo Dios cuando empieza a llover a partir de las 00.00 a.m., que es cuando salgo de trabajar y me toca andar dos kilómetros y medio bajo la lluvia. Es entonces cuando me gustaría meterle el paraguas por el ano al subnormal que cantaba eso de I’m singing in the rain.

Y es que de buenas a primeras echas la mirada atrás y observas con estupor cambios drásticos en la forma de ser, de pensar, de actuar de casi todos los que te rodean o te rodearon. Ves cómo antiguos colegas, que antes vestían chándal -caros, eso sí-, ahora van con traje y corbata hasta para comprar el pan desde que su papi lo enchufó en el negocio de alguien que le debía algún favor.

Luego ves cómo han crecido aquellos otros pequeños cabroncetes que andaban todo el día en peleas y sin hacer los deberes por vagos y ahora se ganan el pan levantándose a las 6 de la mañana llevando su furgón al mercadillo para ganarse la vida como héroes. Aunque no todos, otros simplemente van por ahí como zombis y otros lograron hacer los deberes y al menos consiguieron la ESO y…en eso están…

El resto se echó a albañil cervecero fuma petardos y ahora se intentan reconvertir en policías o guardias civiles o cualquier cosa que les lleve a mamar de la teta del Estado sin ningún tipo de vocación…ni preparación (aparte de correr como gacelas).

Bueno, hasta aquí –no quiero extenderme más- lo que respecta a los colegas. Otro día me entretendré en pensar lo que han cambiado las colegas…

Que ¿qué hay de mí? Yo sigo pensando que a Dios le gusta joderme y que nunca llueve a gusto de todos.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar