Cómo tramitar la tarjeta CAP de mercancías

Tramitar la tarjeta CAP de mercancías, o la de viajeros, puede suponer toda una Odisea si vives en Andalucía. En efecto, aunque se supone que este trámite lo lleva el Ministerio de Fomento y el pago de tasas se hace a Hacienda, lo cierto y verdad es que te hará falta abonar las tasas a través de la consejería de Hacienda de la comunidad autónoma respectiva.

Como he tenido que realizar este trámite hace unos días, en Andalucía, y vi que mis compañeros estuvieron a punto cejar en el empeño, me he propuesto compartir los pasos a realizar para la solicitud de la tarjeta CAP de mercancías. Espero que esto sea indexado por el bendito algoritmo de Google y que, si lo encuentras provechoso, lo compartas para facilitarle la vida a otras personas y, de camino, ahorrar un dinero que nunca viene mal.

Y es que, sí, las autoescuelas tramitan este procedimiento, pero en ocasiones suponen un sobrecargo de incluso el doble del importe de la tasa. Así que vamos allá:

Qué se necesita para solicitar la tarjeta CAP

Para solicitar la tarjeta por libre, necesitaremos tener acceso a internet, la aplicación de autofirma y certificado digital, -no estoy muy seguro si es obligatorio o no, pero sí que facilita todos los trámites-. Por supuesto, lo más importante de todo, necesitas estar en la lista definitiva de aptos del examen del CAP.

Con todo ello, solo tendremos que abonar la correspondiente tasa del modelo 046 y, finalmente, solicitar la tarjeta CAP.

Pasos a seguir para solicitar la tarjeta CAP

Bien, llegamos a lo mollar del post. ¿Cómo y dónde pedir mi tarjeta CAP?

Pagar la tasa para la tarjeta CAP

En primer lugar, asegúrate de abonar la tasa correspondiente para la expedición de la tarjeta CAP del modelo 046. Para el caso de Andalucía, este es el enlace donde se realiza dicho abono de la tasa. Para rellenar correctamente los pocos datos que te piden respecto a la tasa, tendrás que mirarlo en este otro enlace.

Una vez que has pagado la tasa, descárgate en PDF el justificante, pues te hará falta a la hora de solicitar la tarjeta CAP.

En mi caso, encontrar este enlace fue lo más difícil de conseguir. En otras comunidades autónomas, como la de Madrid, he visto que es mucho más fácil. Ese ha sido el motivo real de este post.

Dónde solicitar la tarjeta CAP

A continuación, nos meteremos en el apartado correspondiente de la sede electrónica a través de este enlace. Tendrás que clicar sobre el botón «iniciar», que está en uno de los laterales.

Después, solo tienes que ir siguiendo los pasos y darle a «solicitar tarjeta CAP». No me extiendo más, porque esto no tiene mayor complicación. Lo difícil es encontrar los enlaces y os los he pasado sin dar muchos rodeos. Así que nada, espero que os sea de utilidad.

No hay tiempo para rendirse.

Andaba yo hoy, como últimamente desde hace algún tiempo, bastante ocupado y estresado, sin tiempo ni para mirar el correo, cuando he recordado una vieja canción que solía escuchar hace bastante tiempo. Llevaba todo el día queriendo escucharla de nuevo, después de tantos años sin hacerlo, y al fin la he escuchado.

Resulta paradójico que yo me haya estado quejando toda esta semana de la gran cantidad de trabajos que tengo que llevar a cabo pese a no tener tiempo para ello y, al mismo tiempo, haya estado deseando escuchar esta canción. Quizá no sea ironía la palabra, tal vez sea más acertado pensar en el inconsciente que ha aflorado para llamarme la atención y hacerme recordar que hay gente como Brenda. Gente bien jodida.

No entro aquí a debatir si Brenda y todas las personas que están en su situación pudieron o no hacer más por no caer en lo que cayeron, pues eso sería tema para otro post. Simplemente trato en esta entrada de volver a darme un toque de atención para dejar de quejarme y concentrarme en lo que tengo que hacer.

Brenda’s got a baby, Tupac

Como no tendré ocasión en revisar esto en un par de días, os dejo el link por si les da por anular el vídeo.

Creado para matar…

Como últimamente estamos tratando el tema de la lucha diaria a la que nos enfrentamos, y como ando ocupado escribiendo temas para cuando lleve a cabo la reforma del blog, os voy a dejar otro de los textos que incluí en «Nacido de mí«. Expuesto en forma de metáfora, denunciando el maltrato animal de cuatro hijos de puta cobardes, trato de hacer ver al lector la ruindad de quienes se aprovechan de la gente de buena voluntad, de la gente leal, aquí bajo la apariencia del maltratado perro de pelea. Quizá sea un texto duro, pero es que la vida es así.

Pobre perro de heridas lacerantes. No te sigas lamiendo la sangre y deja caer hasta la última gota, sintiendo cómo se te va la vida al estrellarse contra el suelo. No te lamentes por tu maldita suerte. Pues nada hiciste para evitar la dentellada del verdadero enemigo.

Tú, que todo lo diste por tu dueño; por una palmada en el lomo; por una caricia detrás de la oreja; por un hueso duro que roer; ahora sólo ves espaldas y cuellos erguidos que se giran decepcionados dejando atrás tu cadáver. Porque eso es lo que eres: la sombra de tu ayer, un simple despojo.

Aún no te lo explicas. No encuentras el por qué, y para eso te dedico estas palabras.

Verás. De pequeño, mientras tu madre te amantaba, te explicaron en tono solemne el sentido de palabras grandilocuentes. Palabras tales como valor, coraje, lealtad, orgullo, casta. Con ellas forjaste tus armas y, junto a tus afilados colmillos, creíste poder sortear los obstáculos del devenir. Lo que nadie te explicó fue el significado de la condición humana: su perfidia, sus envidias, sus odios, sus miedos, su crueldad, su cobardía. Ya ves, has dedicado tu noble condición a servir a tan infame ser. ¿Todavía te sorprende su ingratitud?

Ahora nada puedes hacer. Quizá desees dedicar tus últimos instantes de vida a arrepentirte de no haber jugado otras cartas. Pero ya sabes, esta vida es una partida de una sola mano en la que unos saben jugar mejor, otros peor, unos tienen cartas marcadas y otros, como tú, mi noble amigo, no entendieron las reglas del juego.

Estabas convencido de que tu dueño daría la vida por ti como tú por él. Jamás sospechaste que cuando tú dormías a la intemperie, él soñaba plácidamente entre sábanas de seda. Cuando comías de su mano, siempre creíste que se quitaba la comida de la boca para dártela a ti. Pero no, sólo eran desperdicios. Cuando te entrenaba para la pelea, pensabas que jugabais. Pero no, simplemente te estaba convirtiendo en asesino. Con cada paliza, tu lealtad se acrecentaba sin ver el mal que te hacía.

Luego vino la arena y la sangre y el gentío y más perros con sus dueños y sus propias historias. Sin embargo, nada te importaba teniéndolo a él detrás. Una mirada, una brusca caricia, una voz, y a matar o morir por él, que para eso te hizo a su imagen y semejanza.

Tras los preliminares, el frenesí de la pelea a vida o muerte. Nunca viste nada más allá de tu oponente y tu propio dueño. Pero hoy es diferente. Hoy, por primera y última vez, has visto el velo obscuro de la muerte y has sentido su gélido susurro, «Hoy te toca a ti», ha dicho.

Bien sabes tú y bien sé yo que lo peor no son las heridas, ni el miedo que pasaste, ni las vidas que arrancaste, ni la vida que vas a perder… lo peor es el desprecio y la decepción dibujados en su rostro. Lo peor es que no será la suya la última cara que verás. Con un poco de suerte, alguien vendrá a rematarte antes de ser enterrado. Si no, únicamente te quedará el consuelo de ser sepultado con la misma arena que tantas tardes le dio la gloria a tu amo.

Lo pongo entero en negrita porque no tiene desperdicio. Ni yo abuela… xD

Un día cualquiera.

Hoy, os quiero obsequiar con un relato corto que incluí en mi libro “Nacido de mí”. Espero que os guste tanto como a quienes me han pedido que lo suba casi desde el momento en que lo leyeron.

Sentado sobre su cama, no hacía más que recordar aquello que tantas veces le repitió su madre de joven, cuando aún iba a la escuela y cuando tuvo su primera cita aún siendo niño. “Hijo, limpia bien tus zapatos. Dicen mucho de la persona que los lleva”. Ésas eran las palabras que resonaban en su mente mientras su mujer, detrás de él, apoyada sobre el quicio de la puerta, lo miraba con media sonrisa que denotaba complicidad y preocupación a la vez.

Aquel gesto de su marido se había repetido con demasiada frecuencia los últimos meses. Cada día se levantaba temprano, llevaba a sus hijas al colegio y hacía fotocopias en la papelería más cercana, intentando no ser visto por sus pequeñas. Luego, con pocas esperanzas pero mucho coraje, iba a los sitios más insospechados a repartir sus folios. En cada uno pegaba cuidadosamente su foto, con unos años menos para disimular su edad. Pero algo le decía que su esfuerzo era en vano; que sus folios no iban a durar mucho más que su propia estancia en dichos establecimientos. Todavía recordaba aquella vez que dejó uno de sus folios en el mostrador de una tienda de ropa y tras dar varios pasos, se dio media vuelta para agradecerle su amabilidad a la dependienta y ésta ya había hecho una bola muy simpática con su foto, dispuesta a ser lanzada a la papelera. Todavía hoy se pregunta qué era lo que más le dolió, si la falta de respeto o el guantazo que le dio la realidad.

Mientras se afanaba en sacar brillo a sus zapatos, allí seguía su esposa, consciente de la humillación que suponía para su marido salir cada mañana a buscarse la vida sin tener ni una oportunidad, y de la  profunda vergüenza que sentía éste al salir del hiper con un par de chorizos bajo el brazo y la fruta mal pesada al pasar por caja para tener algo extra que llevarse a la boca. Ya no es el mismo que se comía el mundo cuando aún le dejaban. Ahora está más calvo y más gordo y con más arrugas. A nadie le importa demasiado toda la mili que lleva en su maletín. Toda esa experiencia desperdiciada simplemente porque no cumple el canon de belleza establecido.

Sin embargo, ahí estaba él dando lustre a sus zapatos tal y como lo había hecho durante los últimos cuarenta años. Quizá lo hacía porque era uno de los pocos minutos al día en que gozaba de paz y tranquilidad. O quizá fuese porque, efectivamente, tenía la convicción de que hoy se encontraría con un jefe capaz de reconocer a un buen trabajador entre tanto maniquí descerebrado.

Al cabo de un rato, satisfecho por su buena labor, se levantó dispuesto un día más a buscar fortuna. No obstante, sin tiempo para el desánimo, al ver a su esposa con el gesto congelado y una lágrima caminando lentamente por una de sus mejillas, supo por qué salía cada mañana: porque se lo debía a su mujer y a sus hijas.

¿Mi futuro?

Me preguntaba mi querida Capitana, mi queridísima Capitana, que cómo me imagino a mi yo del futuro si ahora se me presentase.

La verdad es que no he querido responder a la ligera a esta pregunta para no tener que tragarme mis palabras el día de mañana, y también para no caer en una falsa modestia.

Siendo sincero, se me ha ocurrido un sinfín de posibilidades de mi futuro. Pero de lo que aquí se trata es de intentar vislumbrar mi proyección personal, de cómo seré con el paso del tiempo, -a lo cual os invito-. Para ello, me he planteado partir desde cómo soy en la actualidad.

Así, groso modo, me definiré como un tipo formal, serio, afable según con quién, gruñón según cuándo y dónde –y también con quién-, observador –hasta límites insospechados- a la par que despistado, desconfiado, luchador, leal, orgulloso, testarudo, impaciente, sincero, borde, cortante, callado, hablador según con quién, cuándo y dónde, impulsivo…

Bien, no  sé adónde me lleva todo esto, pero en principio es así como me veo a mí mismo –ahora que lo pienso, también debería añadir rencoroso, agresivo, pasota, paranoico, etc. etc. etc., pero si lo pongo no me salen admiradoras-.

En cuanto a mis proyectos vitales, que en cierto modo van conformando mi personalidad, y que formarán parte de mí –o no- en el futuro, tengo varios: terminar la carrera de Historia, sacarme las oposiciones de penitenciaría y seguir escribiendo. No, el amor no es un proyecto vital para mí, al menos no en este momento.

Hasta aquí lo actual, de cuya evolución dependerá mi forma de ser futura. Ahora toca elucubrar un poco, y lo haré de forma rápida, realista y tajante. Es decir, si hoy día soy tal y como he dicho que soy, teniendo en cuenta que actualmente todo me va relativamente bien, el hecho de pensar que me sacaré la carrera para no trabajar “en lo mío”, de que probablemente no consiga plaza como funcionario de prisiones y de que seré un escritor aficionado toda mi puta vida, no me dan razones halagüeñas para prever una madurez y vejez idílicas.

Sí, así es cómo me veo si no tengo un poco de suerte y no consigo “trabajar en lo mío” –bien como funcionario de prisiones, bien con algo relacionado con la Historia-, o triunfar con algún libro que escriba, el cual sea leído por algún progre snob en busca de un novel del cual aprovecharse y me elija a mí, cumpliendo de esa forma mis sueños: “ser explotado por una panda de hijos de puta que editen mis historias y me paguen por ello”, -entrecomillado, como si fuera la cita de alguien importante-.

Sea lo que sea, tanto si triunfo como si no en mis propósitos, mucho me temo, querida Capitana, que seré un tipo amargado, taciturno, hastiado, malhumorado y frustrado –sí, incluso si triunfo me veo de esta forma-. Como no me  preguntabas si me caería bien o mal, me ahorro esa otra teoría, mas no dudo que me daría muchísima lástima de mí mismo.

Por todo ello, espero que sigas ahí toda mi vida, para hacerme sentir afortunado y pensar que hubo algo a lo largo de mi existencia que valió la pena alcanzar y conservar.

 

P.D. que no se me ofenda  nadie, cada persona que me conoce sabe bien mi opinión sobre cada cual: a quien quiero, a quien odio, a quien aprecio, a quien tengo como un-a hermano-a, etc. Pero mi Capitan666 es mi Capitana666.

¿Te caerías bien?

Hace varios días entré en un blog. En uno de sus posts encontré una cuestión que me dejó pensando al respecto hasta hoy –y lo que me queda-.

La respuesta a esa pregunta tiene mucho que ver con nuestra conciencia, con el hecho de estar, o no, a gusto con uno mismo. Estos días he estado divagando sobre mi infancia, sobre mi evolución personal, sobre mis facilidades y dificultades, sobre mis proyectos y sobre mi entorno.

A día de hoy, he podido recordar que de pequeño siempre fui callado, observador, leal, valiente, sincero, testarudo y, en esencia, bueno. También he recordado todo lo que esperé ser de mayor… Vaya por delante que sé que soy muy joven todavía, que me queda mucho que pasar y mucho que cambiar. La vida es así, y hoy no tienes nada y mañana tienes el sol a tus pies; o, por el contrario, hoy eres el rey, y mañana una mierda pinchada en un palo.

No obstante, siempre quise ser de mayor alguien con cultura, -recuerdo que me preguntaba a menudo qué había que hacer para que mi foto figurase en una de las páginas de La Nueva Enciclopedia del Mundo, que mi padre compró cuando yo era un mocoso-. Nunca me llamó la atención el tumulto, al contrario, me sentí siempre incómodo con la simple idea de que se me confundiera con el resto –de hecho, en el cole odiaba los trabajos en grupo-. Me agradaba ser el más, o de los más, corpulentos de la clase, siempre presumía de mi fuerza con respecto a los demás. Por último, me recuerdo viendo durante horas infinidad de documentales de animales y, sobre todo, de Historia. Y como curiosidad, siempre quise ser abogado de mayor.

Bien, hasta ahí los anhelos de un niño de clase media baja. El menor de cinco hermanos, hijo de guardia civil y ama de casa.

Si hoy día me encontrase con ese pequeñajo que un día fui, sin duda me caería bien por sus buenas formas, su curiosidad y su sonrisa, a caballo entre tímida y pícara, pero siempre sana y sincera.

¿Y yo? ¿Le caería bien a él? En el caso de que él no supiese que yo soy él en el futuro, con toda seguridad sí. Quizá no entendería muy bien por qué el adulto es tan ateo, y ello le llevaría a preguntármelo directamente, a lo cual yo le respondería: “socio, ¿ves todos esos libros? Por lo que me han enseñado –incluida la Biblia- es por lo que soy tan ateo” Al tratarlo de igual a igual me habría ganado su confianza y respeto. En el caso de que él supiese que yo soy él en un futuro, probablemente el pequeñajo me diría “gracias yo adulto, por conservar y mejorar mi físico y fuerza, por haberte hecho el tatuaje que desde hace poco se me ha metido en la cabeza hacerme de mayor, por intentar con humildad entrar en las páginas de la Enciclopedia, por haber estudiado esa carrera -Historia- que me fascina y que me hace ver innumerables documentales de guerras y acontecimientos, por no haberte metido en demasiados líos,  por seguir rechazando los trabajos en grupo, por respetar a los tuyos como yo lo hago, por no olvidar los valores que me están inculcando, y sobre todo, gracias por conservar a mis mejores amigos, que mi trabajo me está costando conseguirlos, y aumentar ese cupo de verdaderos amigos con el tiempo.

Otro día me explicarás por qué todavía no has viajado a medio mundo, por qué te dejaste romper el corazón, por qué no has estudiado también derecho, y por qué no eres millonario…”

Luego, ese chaval de entre 7 y 9 años se sentaría frente a mi estantería y empezaría a mirar cada libro y cada folio de apuntes, y yo me quedaría sentado en mi sillón, mirándolo con detenimiento, intentando reconocerme en él con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras tanto, me preguntaría yo a mí mismo: ¿haré el mismo buen trabajo que hicieron mis padres conmigo?

La Vida y su descaro.

A veces, la vida tiene el descaro de presentarte a personas que van como anillo al dedo con determinadas circunstancias personales tuyas, y cuya entrada en escena te hace ver, y, mejor aún, comprender, que te estabas quejando por nada.

A principios de año, como bien saben los que más me conocen, no atravesé precisamente una de mis mejores etapas –suelo tener unas entradas de año un tanto… complicadas-, y tal fue el caso que, cuando creí tocar fondo, la vida tuvo la desfachatez de presentarme a dos personas cuyas historias personales dejaban a la mía a la altura del betún. La vida, -o quizá debería decir “La Vida”-, tuvo los santos cojones de presentarme a J. y a S. con la clara intención de hacerme ver que, pese a mi pretendida madurez, no era –soy- más que un puto niñato llorica.

Si alguien se pregunta por qué traigo a colación este tema, ya se la respondo. No es que sean las únicas personas cuyas circunstancias me hayan ayudado a valorar lo que tengo, ni mucho menos. Es un mero homenaje a J. y a S. en particular, pero acordándome de todas aquellas personas –muchas de las cuales entráis aquí con frecuencia-, que me han ayudado a ser mejor de lo que era antes de conocerlas. Lo último que supe de S. es que se quedó en paro a sus cuarenta y muchos. J. por su parte, está fijo en su nuevo puesto. Supongo que estas letras las escribo para desterrar de mi mente la preocupación que siento por S., y también para convencerme de que, tal y como ambos me enseñaron, con perseverancia, humor y cojones, todo se enmienda.

¿Y por qué hoy? Fácil. Me despedí de S. hace una semana, y no sé si volveré a verlo o a hablar con él –espero que sí-, y a J. lo vi hace unos días. Nuevamente La Vida me los ha colocado en mi camino al mismo tiempo, quizá como recordatorio de sus ejemplos y de que no debo quejarme más que lo justo con lo que se me viene encima.

No me pertenece a mí contar sus vidas aquí. Simplemente os hago testigos de su existencia porque son piezas de mi particular puzle, cuya aparición me ayudó y me ayuda enormemente a superarme a mí mismo.

Ellos son J. y S., y son mis amigos.

So far away, de Staind.

Es curioso cómo llegan las buenas etapas de la vida y no nos damos cuenta. Desde hace poco tiempo he notado que ahora me encuentro en una de esas (¿efímeras?) etapas, pero ha sido hoy cuando se han confirmado mis sospechas. Ha sido al reparar en mi nueva forma de saludar.

Sí, de saludar. Hasta hace nada, solía contestar a la típica pregunta de cortesía de “¿cómo estás?”, con un osco y resignado “jodido”. Sin embargo, hoy he tenido la suerte de poder saludar a una persona a la cual aprecio muchísimo. Al hacerme la antedicha pregunta, he respondido con un alegre y sincero “Como nunca. Bien, muy bien”.

Y es verdad, me encuentro como nunca. He cumplido sueños, me he fijado metas, he retomado proyectos, he vencido a enemigos, me han salido nuevos enemigos que me mantienen alerta y que me ayudan a mejorar, conservo amig@s que ya tenía, y me siento bien, muy bien.

No iba a escribir al respecto, mas tenía ganas de subir una canción que solía escuchar en mis horas bajas –demasiadas, quizá- y que hoy día sí que tiene sentido subirla porque expresa mi actual estado, mis actuales circunstancias, mientras que de haberla subido antes, sólo habría expresado un anhelo.

So far away, de Staind.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar