Después de fumarnos unos puros y conversar largo rato, íbamos mi bro KSN y yo andando tranquilamente por donde solemos. Hay que matizar que yo iba con mi cabecita recién afeitada y calzando mis botas preferidas tal y como a mí me gusta llevarlas, por encima de los pantalones -o como me salga de los cojones-. En ese momento, por sorpresa, empezamos a oír lejanas voces…o berridos. No teníamos claro si provenían de personas o de cerdos en una matanza. Pero el sentido común nos decía que debía ser la primera opción –no suele darse el caso de una matanza de cerdos en mitad del pueblo por la madrugada-. Gracias a ello fue cómo llegamos a adivinar lo que decían, algo parecido a: ¡Viva girlei! ¡Viva girlei!
Al principio no teníamos ni zorra idea de lo que podía significar. Mas, viendo que era por nosotros –por mi vestimenta más bien- deduje que era algo como ¡Viva Hitler!
Con mis poros rezumando una mezcla de odio, asco, incredulidad y decepción –pura testosterona y adrenalina- miré a mi bro y le dije: ¿tienes ganas de problemas? Mirándome con gesto sereno contestó: como tú quieras…pero no estoy al cien por cien.
Eché una ojeada a esa peña, que se encontraba a bastante distancia, al otro lado de la calle. Analizando atentamente la situación pude comprender que era un grupo de unos grandísimos hijos de puta menudeando con chocolate y hierba. Los vendedores, de etnia gitana, estaban con sus Zip aparcadas y sentados sobre ellas; los compradores eran no gitanos…simplemente analfabetos hijos de puta. Eran los mismos que cuando pasaban de dos en dos por delante de nosotros, cinco minutos antes, agachaban la cabeza y enmudecían. A ojo calculé unos trece. Todos sentados en un pequeño muro, menos los de las Zip.
Volví a mirar a mi bro. Quien seguía sereno aunque expectante, con su mano casi inútil por tenerla rota en más de mil pedazos y con un par de huevos, esperando acontecimientos. Yo, por mi parte, conocedor de las injustas leyes de este estúpido país, con una lesión de espalda y cuello consecuencia de un lance anterior, tenía el automático a punto de saltar.
Clavándoles una mirada ciega, dando un paso adelante, cerrando los puños hasta crujir…respiré hondo y tragué saliva. No merece la pena -sugirió en voz baja ma nigga KSN-. Entonces, la saliva se transformó en orgullo. Y tragué mucho orgullo. Tragamos mucho orgullo.
Tras sopesar los pros y los contras de una refriega en pos de nuestro honor, dimos media vuelta. Uno medio tullido y el otro medio lisiado…pero juntos, con la cabeza muy alta y los huevos bien apretados. Como deben hacer los amigos.
Creo que todavía sigue berreando esa panda de analfabetos, incultos e hijos de la gran puta. Aunque ya no los oigo. No merece la pena.