Y no. No me refiero a cagar. Un culo…¡lo puede todo!
Un culo puede parar el tráfico tan fácilmente como yo puedo regar las flores. No es broma. Esta mañana iba yo al tajo, en el tranvía, tan apaciblemente amargado como de costumbre. Enfrente de mí estaba sentada una chica, bastante mona, bien arreglada y maquillada. Nos cruzamos una mirada; ella esbozó una sonrisa y yo, impasible el ademán, saqué un libro –´´Un médico rural´´, de Kafka- de mi mochila para aliviar un poco el trance que supone ir camino del matadero…
Suena el nombre de mi parada. Suspiro, meto diligentemente mi librito en la mochila, compruebo si me falta o no la cartera y el móvil, levanto la mirada y ¡zas! El asiento vacío, sin esa carita. En su lugar, a su altura, un culo sencillamente espectacular. Y yo, menos amargado que antes, sentado detrás sin saber muy bien lo que hacer…-o mejor dicho, sin poder hacer nada-. Se abrieron las puertas y conseguí salir casi de un salto…detrás de ella, claro –caballeroso hasta el final-.
Esa forma de andar, esos tacones, esos vaqueros, -ese…¡ese culito, por Dios!-me poseyeron como un hechizo. Lo confieso.
Parecía llevar prisas y se distanció fácilmente. Llegando al paso de peatones –yo iba unos metros por detrás-, todos los coches frenaron en seco; sin prisas por reanudar la marcha; todos sonrientes y extasiados, felices como cerdos en la corraleta, como dioses en el Olimpo. Es lo bueno de ir al socaire de ese trasero –pensé-. Hasta que un bastardo estuvo a punto de atropellarme al reanudar la marcha con impaciencia y sin ver que yo estaba a medio cruzar. Lo miré cagándome en sus muertos y volví a mirar al frente buscando a mi socia. Pero ya no estaba. Mierda –me dije-, este hijo de puta me ha tirado del cielo.