Un sol, unas nubes y yo.

Al salir del trabajo, mirando al suelo asqueado hasta de mi sombra, sin ganas de ver el mundo, sin ganas de contactar con ser humano alguno, vi enfrente de mí un atardecer como pocos he visto. Quedé quieto, observando la forma en que el sol era eclipsado por preciosas nubes de color indescriptible y forma de olas, cual mar embravecido. La casi total ausencia de viento las dejó delante de mí como esculturas expuestas para este humilde espectador. Nunca me he fijado en el atardecer después de salir del trabajo. Llevo tres años sin fijarme en el atardecer. Llevo tres años olvidando lo que me gusta ver el atardecer.

Ahora, miro atrás en el tiempo para ver lo que me queda de mí mismo. Saco en claro que no sólo he perdido esos atardeceres y ese sol, sino también personas y sentimientos. Así es, tengo todo un cementerio de personas vivas. Eso es lo que tengo, una muchedumbre que un día fue importante para mí y que hoy son simples despojos de mi ayer. En definitiva, hoy siento un vacío tan desolador que no sé ni lo que puedo llegar a sentir.

No paro de preguntarme cuál será el motivo. Probablemente sea la consecuencia de este carácter rudo e implacable, aunque benévolo, que me han ido imponiendo el tiempo y mis congéneres. Quizá sea la desconfianza que hace tiempo desoló mi alma. O quizá sea así porque tenía que ser así.

Lo único que sé es que yo habré cambiado. Pero ese sol sigue cautivándome, pese a estar escondido tras sus nubes –quizá distraído, como yo, por la belleza de las mismas-, después de tres años sin acordarme de él.

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