Los viejos de mi pueblo…

Escribiendo el anterior post me he acordado de otra ‘’anécdota’’, también en el médico. Esta vez en la sala de espera.

Estábamos allí esperando como pacientes que éramos, o mejor dicho…como auténticos cabrones. Yo estaba sentado y solito. Era el único menor de 50 años, y de 60…y creo que hasta de 70…

No acostumbro a escuchar las conversaciones ajenas, pero cuando se está en un sitio donde se ruega silencio y por contra hay una panda de viejales gritando hasta con jolgorio, pues qué queréis que os diga…a uno algo se le mete en el oído.

En este caso se pusieron a rajar de lo lindo contra ‘’los vagos y maleantes jóvenes de hoy en día’’. Que si el hijo de tal es un quinqui, que si el otro está todo el día de borrachera, que si el otro sigue con los padres y sin trabajar, que si la otra se ha follado a medio barrio…hasta ahí simples cotilleos, la traca para mis oídos fueron las generalizaciones posteriores.

En efecto, uno de ellos se erigió en defensor de las virtudes de su generación y detractor a ultranza de los desagradecidos y desgraciados jóvenes de ahora. Para ello, el auto proclamado rey de esos morituri –espero que pronto, porque vaya hijos de puta los ancianetes- soltó un intenso y extenso monólogo mientras el resto asentía con la cabeza o incluso completaba con comentarios el discurso de aquél. Todo esto mientras yo mismo era objeto de innumerables e incómodas miradas provenientes de aquélla pléyade senil.

No dije nada por varios motivos, el primero es porque nadie me dio vela en aquel entierro y hablar sin que te den la palabra es de mala educación. El segundo es porque bastante enfadado estaba ya con la tardanza del matasanos. El tercero era el frío que me calaba en los huesos. El cuarto era que no quería provocar ninguna urgencia cardiaca a nadie. Y el quinto, bueno, pues que no me salió de los cojones.

Sin embargo, no paraba de pensar en unas cosas. Entre ellas pensaba que tenían razón en todo lo que decían, mas no eran justas tan letales generalizaciones y tampoco es justo ni lógico que se crean mejores que mi generación. A fin de cuentas, seguramente ni uno de ellos cotizó a la seguridad social ni la mitad de años que llevan chupando de ella; ni ellos les hacían los descuentos a sus viejos como sí se los hacemos nosotros a ellos; ni fueron tan valientes ni valerosos cuando no se quitaron del medio al caudillo del que también se quejaban allí; ni fueron tan buenos ejemplos a seguir cuando al parecer nadie les ha imitado…o a lo mejor es que no fueron buenos maestros… ¡oh! ¡qué torpe soy, no es que ellos fuesen malos maestros, es que nosotros somos malos alumnos!

En fin, sepan ustedes que este post sólo va dedicado a los septuagenarios u octogenarios que compartan los puntos de vista tan radicales y desagradecidos como los que yo tuve que tragar durante laaargo rato. El resto de abuelos suelen ser para mí auténticos héroes.

Conversación con un médico.

Bueno, más que conversación tendría que decir…corte a un médico.

Fue ayer por la mañana cuando hacía un frío de tres pares de narices. Me ha salido sin querer, pero me ha salido por obvio y por mi injusta aversión (lo tengo que reconocer) hacia los matasanos.

La cuestión es que salí de casa con prisas, -puntualizo que salí sin fijarme en la temperatura exterior- con una simple camiseta de mangas cortas y encima una sudadera bastante fina, más de entretiempo que de invierno.

Al llegar a la consulta no podía disimular la tiritera –no os cuento cómo se me pusieron los huevos-. Fue entonces cuando, al quitarme la sudadera, el buen Señor Don Doctor exclamó con desprecio ‘’con el tiempo que hace no sé cómo no tienes frío« a lo cual yo contesté malhumorado ‘’con la temperatura que tenemos no sé por qué piensa que no tengo frío, ¿no creerá que la tiritera que traigo es Parkinson?’’

En fin, ahora tendré que fiarme del diagnóstico de un tipo que se cree que soy una especie de superman borde.

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