Para cuando le ocurra.

«Cuando, al verte, sus ojos se iluminen y sus palabras se escondan, recuerda. Cuando no pueda parar de sonreír a tu vera, recuerda. Cuando se sienta demasiado pequeño ante ti, recuerda. Cuando le beses y le sientas levitar, recuerda. Cuando lo mires y se derrita, recuerda. Cuando le acaricies y se evapore, recuerda.

Finalmente, cuando le dejes tirado, olvida que una vez alguien te amó más que a sí mismo. Ya de nada servirá recordar.«

Sin embargo, nunca dejes de arrepentirte…

Para cuando te ocurra.

«Cuando te abrace y sientas frío, piensa. Cuando te inclines para besarle y él se mantenga impasible, piensa. Cuando toques su cabello y se moleste, piensa. Cuando le acaricies y no  te corresponda, piensa. Cuando le veas y no acuda a tu encuentro, piensa. Cuando no sonría al verte, piensa. Cuando parezca haberse olvidado de ti, piensa.

Finalmente, cuando te dé de lado, deja de pensar. No te valdrá de nada

Es un guión que me sé de sobra. No soy adivino.

La retirada II.

Después de fumarnos unos puros y conversar largo rato, íbamos mi bro KSN y yo andando tranquilamente por donde solemos. Hay que matizar que yo iba con mi cabecita recién afeitada y calzando mis botas preferidas tal y como a mí me gusta llevarlas, por encima de los pantalones -o como me salga de los cojones-. En ese momento, por sorpresa, empezamos a oír lejanas voces…o berridos. No teníamos claro si provenían de personas o de cerdos en una matanza. Pero el sentido común nos decía que debía ser la primera opción –no suele darse el caso de una matanza de cerdos en mitad del pueblo por la madrugada-. Gracias a ello fue cómo llegamos a adivinar lo que decían, algo parecido a: ¡Viva girlei! ¡Viva girlei!

Al principio no teníamos ni zorra idea de lo que podía significar. Mas, viendo que era por nosotros –por mi vestimenta más bien- deduje que era algo como ¡Viva Hitler!

Con mis poros rezumando una mezcla de odio, asco, incredulidad y decepción –pura testosterona y adrenalina- miré a mi bro y le dije: ¿tienes ganas de problemas? Mirándome con gesto sereno contestó: como tú quieras…pero no estoy al cien por cien.

Eché una ojeada a esa peña, que se encontraba a bastante distancia, al otro lado de la calle. Analizando atentamente la situación pude comprender que era un grupo de unos grandísimos hijos de puta menudeando con chocolate y hierba. Los vendedores, de etnia gitana, estaban con sus Zip aparcadas y sentados sobre ellas; los compradores eran no gitanos…simplemente analfabetos hijos de puta. Eran los mismos que cuando pasaban de dos en dos por delante de nosotros, cinco minutos antes, agachaban la cabeza y enmudecían. A ojo calculé unos trece. Todos sentados en un pequeño muro, menos los de las Zip.

Volví a mirar a mi bro. Quien seguía sereno aunque expectante, con su mano casi inútil por tenerla rota en más de mil pedazos y con un par de huevos, esperando acontecimientos. Yo, por mi parte, conocedor de las injustas leyes de este estúpido país, con una lesión de espalda y cuello consecuencia de un lance anterior, tenía el automático a punto de saltar.

Clavándoles una mirada ciega, dando un paso adelante, cerrando los puños hasta crujir…respiré hondo y tragué saliva. No merece la pena -sugirió en voz baja ma nigga KSN-. Entonces, la saliva se transformó en orgullo. Y tragué mucho orgullo. Tragamos mucho orgullo.

Tras sopesar los pros y los contras de una refriega en pos de nuestro honor, dimos media vuelta. Uno medio tullido y el otro medio lisiado…pero juntos, con la cabeza muy alta y los huevos bien apretados. Como deben hacer los amigos.

Creo que todavía sigue berreando esa panda de analfabetos, incultos e hijos de la gran puta. Aunque ya no los oigo. No merece la pena.

La retirada I

Dicen que una retirada a tiempo puede ser una victoria. Claro que, hay retiradas y retiradas.

No es lo mismo retirarse abandonando a su suerte a los que están contigo que dar media vuelta y dejarse de problemas, sabiéndose en inferioridad con respecto a los oponentes, pero con los tuyos al lado y la cabeza bien alta.

En efecto. Hoy toca recordar batallitas…batallitas perdidas. De esas se suele aprender más que de las ganadas.

Tal fue el caso una noche de Semana Santa de hace ya casi ocho años –cuando contaba dieciséis tiernos años-. Esa noche iba yo junto a dos amigos, a altas horas de la madrugada, de camino a casa, cuando empezamos a oír voces humanas de dos perros bípedos. Aquellos gruñidos nos ‘’invitaban’’ a parar –¡eh vozotro, vozotro! ¡Pararce! ¡Qué zo’ paréi coño! Probablemente para desvalijarnos o pegarnos una pequeña tunda de palos. Así, de guay. Nosotros, que éramos uno más, pero menores que aquellos malajes y menos duchos en eso de repartir hostias laicas, decidimos aligerar el paso para salvar el pellejo. Llegados a mi calle, aún seguían aquellos valientes tras nosotros, su presa. ¡Zo vamo a rajá!-bramaban esos tipos duros- ¡Hioputa, pararce ahí que zo vamo a matá! Con los huevos en la garganta y las piernas algo temblorosas, a unos veinte metros de mi portal, me quedé más solo que la una.

Así es.   Mis dos ‘’amigos’’ o ‘’acompañantes’’ resolvieron optar por la táctica del divide y vencerás…pero a la inversa. De esta forma, se separaron de mí y cogieron calle arriba, dejándome recorrer esos veinte eternos metros a merced de aquellos lobos. Yo, por vergüenza torera, seguí mi camino pese a las consecuencias.

Mis ‘’amigos’’ nunca llegaron a saber que, con el aliento de aquellos puercos en mi cogote, -ya con las llaves en la cerradura del portal y a punto de meterme dentro- los miré y, cogiéndome el paquete, exclamé: ‘’¡me vais a rajar ésta, hijos de puta!’’. Como decía, mis ‘’amigos’’ no lo llegaron a saber porque no tuvieron la decencia de preguntarme qué tal me fue. Quizá porque los que son cobardes lo son para todo…

De esta infame ‘’anécdota’’ me acordé hace poco, cosa de un mes y algo, cuando me ocurrió algo parecido pero totalmente distinto. Aunque eso fue otra retirada…

Lo que hace un culo.

Y no. No me refiero a cagar. Un culo…¡lo puede todo!

Un culo puede parar el tráfico tan fácilmente como yo puedo regar las flores. No es broma. Esta mañana iba yo al tajo, en el tranvía, tan apaciblemente amargado como de costumbre. Enfrente de mí estaba sentada una chica, bastante mona, bien arreglada y maquillada. Nos cruzamos una mirada; ella esbozó una sonrisa y yo, impasible el ademán, saqué un libro –´´Un médico rural´´, de Kafka- de mi mochila para aliviar un poco el trance que supone ir camino del matadero…

Suena el nombre de mi parada. Suspiro, meto diligentemente mi librito en la mochila, compruebo si me falta o no la cartera y el móvil, levanto la mirada y ¡zas! El asiento vacío, sin esa carita. En su lugar, a su altura, un culo sencillamente espectacular. Y yo, menos amargado que antes, sentado detrás sin saber muy bien lo que hacer…-o mejor dicho, sin poder hacer nada-. Se abrieron las puertas y conseguí salir casi de un salto…detrás de ella, claro –caballeroso hasta el final-.

Esa forma de andar, esos tacones, esos vaqueros, -ese…¡ese culito, por Dios!-me poseyeron como un hechizo. Lo confieso.

Parecía llevar prisas y se distanció fácilmente. Llegando al paso de peatones –yo iba unos metros por detrás-, todos los coches frenaron en seco; sin prisas por reanudar la marcha; todos sonrientes y extasiados, felices como cerdos en la corraleta, como dioses en el Olimpo. Es lo bueno de ir al socaire de ese trasero –pensé-. Hasta que un bastardo estuvo a punto de atropellarme al reanudar la marcha con impaciencia y sin ver que yo estaba a medio cruzar. Lo miré cagándome en sus muertos y volví a mirar al frente buscando a mi socia. Pero ya no estaba. Mierdame dije-, este hijo de puta me ha tirado del cielo.

Brindemos por este hijo de puta.

Propongo un brindis. Yo brindaré con agua, si me lo permitís.

Brindaré por los que se fueron de mi lado, por los que eché del mismo, por los que no llegaron a estar, por los que no estarán y por los que están y seguirán ahí.

Hoy no brindaré por los amigos que se desvanecieron entre la neblina del tiempo, esos que aún recuerdo con gratitud pero cuyo camino se bifurcó del mío. Ni por los que conservo.

Mejor brindaré por los amigos que se convirtieron en enemigos y por mis enemigos que siguen siéndolo. Espero que nunca me falten, pues prefiero que desaparezcan mis fieles antes que mis detractores. Sin éstos no me entendería.

Brindaré por todas y cada una de las zancadillas que me han hecho –aunque maldigo las que me queda por sufrir- levantarme del suelo. Se agradecen las cicatrices que dejan –no sólo en manos y rodillas- algún@s malnacid@s por su envidia, avaricia, traición, celos, malicia, estulticia, incompetencia, injusticia…

Brindaré por las putas que se cruzaron en mi vida y cuyas acciones –putadas, para los que no lo sepan- estuvieron a punto de destrozármela. A ellas les debo la eficacia de mis cojones. También brindo por las que recuerdo con afecto. Aunque a éstas no les debo nada.

Déjenme brindar por aquéllos docentes ganapanes cuya incompetencia me hizo ver lo anecdótico y defectuoso del sistema. Hoy no brindaré por los que despertaron en mí el ansia del conocimiento gracias a su vocación.

Otro día brindaré por los que sacan el lado más dulce y afable de mí. Hoy no tengo ganas.

A ustedes sólo os pido que brindéis por este hijo de puta que os habla por escrito – con lo que tengáis más a mano que se pueda beber-.

La botella de Eris.

A veces sucede que determinados lugares nos traen recuerdos y, aunque sean muy viejos y meras anécdotas, resurgen en nuestra mente como fogonazos y es inevitable reflexionar al respecto.

Esto mismo me ocurre en un trozo del trayecto que va desde mi trabajo a mi casa. Y por lo general me viene el mismo recuerdo cuando llevo un botellín de lo que sea en la mano.

La cosa es que estoy seguro de que cierto día de hace ya unos siete u ocho años hice lo correcto. Mas, aún hoy, no sé el verdadero por qué.

Ocurrió una mañana de verano cuando iba yo con mi viejo amigo V.D. andando por dicho tramo del recorrido. Veníamos del Centro Comercial, cada uno con su refresco. Yo con el mío vacío. Llevábamos varios cientos de metros sin encontrar papelera alguna cuando por fin, tras un pequeño tabique, logré ver una. Cual Pau Gasol en triste intenté colarlo…pero no pudo ser. Juro solemnemente por Snoop Dog que dudé al menos un segundo en ir hacia la botella y meterla donde correspondía. Sin embargo, como castigo al ayuntamiento por no poner más papeleras, resolví no molestarme.

Retomando de nuevo la caminata, apenas dado un paso, empezamos a escuchar voces masculinas que provenían de detrás nuestra. Parecía que la maldita botella había cobrado vida y demandaba respeto con suma vehemencia. Miramos con desconcierto e incredulidad, mi viejo amigo y yo, hacia la procedencia de tales improperios.

Efectivamente. Allí, al lado de la botellita de la discordia, se encontraba un tipo de unos cuarenta veranos. Recuerdo que me avergoncé por mi conducta incívica –todavía no había logrado descifrar lo que aquél gañán escupía- y por ello me dirigí cabizbajo hacia la botellita.

A medida que me iba acercando conseguía entender con precisión lo que decía. No era precisamente una poesía lo que recitaba el colega. Llegado a su altura, botella en mano a punto de tirarla, decidí dejar de guardar silencio ante tales acometidas y comencé con mi recital de epítetos. Los ánimos se caldearon bastante. Ya estaba yo a punto de meterle el plástico por la bocaza exclamando ‘’ahora no la tiro porque no me sale de los cojones’’, cuando me dijo llanamente ‘’la vas a tirar porque eres un buen español’’.

Entonces, se me quitaron las ganas de pelear con ese fulano. De repente dejó de ser un bastardo arrogante metomentodo para convertirse en la única persona civilizada que reprende a un presunto niñato que podría haberle partido la cara por una estupidez tan trivial. Satisfecho más que enfadado, simplemente tiré el botellín donde debía y me fui.

Ahora me pregunto: el hecho de no enzarzarme en una pelea con aquel hombre por haberme dicho lo de buen español, ¿me convierte en un fascista? ¿Acaso debí haberle dado lo suyo por haberse pasado tres pueblos y meterle la botella por el recto precisamente al decirme aquello? ¿No sería más fascista atacar a alguien –da igual física o verbalmente- precisamente por sus ideas políticas?

Ahora preguntaos: ¿por qué carajo no me habré dado cuenta de que no es lo mismo patriotismo que fascismo?

Y ahora os pregunto. ¿No es absurdo pensar que por decir lo de buen español ese hombre era fascista?

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