Acompáñame a mi infierno interno.

Ven, cógeme del brazo y acompáñame a lo más profundo de mi infierno interno.

No te prometo una salida indemne, ni tan siquiera te puedo asegurar una escapatoria. Sólo sé que allí encontraremos un tétrico lugar donde el frío más áspero combate con unas llamas que no dan luz a sus moradores, navegantes en la obscuridad.

Se trata de un mundo habitado por viejos fantasmas que me atormentan desde tiempos remotos. Unos nos esquivarán, pues ya conocen a éste su amo y saben de su inclemencia para con ellos desde que fueron sometidos por el temple de la razón y la fuerza del corazón. Otros, vagarán sin rumbo definido mirando al suelo sin percatarse de nuestra presencia, intentando rememorar una felicidad que quizá nunca existió y cuya prometida existencia los enloquece aún más a cada paso que dan. No obstante, recuerda, a nuestras espaldas, siempre a nuestras espaldas, acechan furtivamente aquéllos capaces de encerrarme en las mazmorras del averno para toda la eternidad. Son aquéllos que huyen de dolores añejos para perseguirme y torturarme a mí, los que reniegan de la perfidia ajena y me traicionan a mí, los que rememoran a cada instante cada segundo pasado abocándome al olvido de mí mismo…

Si tan funestos entes llegasen a adueñarse de mi ánima, solo tú podrías enfrentarte a ellos ya que eres la luz que falta en mi infierno interno y harías languidecer hasta al más cruel de los seres inanimados de los que podría ser cautivo.

Tal vez sea tu luz la única que podría liberarme o tal vez sea ella precisamente la que me condena a vivir en un infierno pues, ¿qué es quererte y no tenerte, si no es vivir en un infierno?

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