No me juzgues por lo que dije, sino por lo que callé. Si alguna vez obvié la virtud de mi sinceridad, ahogándola en un cruel silencio nacido de mi somnolienta conciencia, merezco ser reprendido con dureza exacerbada. Empero, si despierto tu indignante indignación con mis aleccionadoras palabras, entonces rinde pleitesía a este justiciero de la palabra. Si quebranté tu imaginación mostrándote la cruel realidad, no te quejes y agradece. Si hablé careciendo de potestad para ello, entonces imploro perdón, mas si te di el consejo que pediste sin ser de tu agrado entonces es que algo debes cambiar. Finalmente, si buscas el amparo de mis palabras y sólo te obsequio con pétrea indiferencia, entonces reza, pues llevaré tiempo bajo tierra.