Hace unos días leí un libro de mi autor favorito, José Antonio Marina, titulado ‘’La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación’’. Me llamó poderosamente la atención que en las últimas líneas del mismo narrase una pequeña historieta que era exactamente igual a una cuestión que yo mismo me planteé junto con algún compañero de trabajo.
Empecemos con mi anécdota…
Un buen día, ante lo tedioso y humillante de mi trabajo reflexioné sobre mi cometido y llegué a la conclusión de que a pesar de mi ínfima categoría laboral sin mi esfuerzo y el buen hacer de los que comparten mi tarea no podría desarrollarse la gran actividad que a lo largo del día se lleva a cabo en nuestro lugar de trabajo. Le hice saber mi reflexión a un compañero, que hace algo parecido a mi (menos que yo porque su categoría es un peldaño o dos superior a la mía) y su respuesta fue: ‘’bueno tío, yo creo que importante es el gerente. Nosotros sólo somos ‘’pringaos’’ que estamos todo el puto día puteados’’. Yo insistí en que eso es consecuencia de nuestro puesto, pero no la esencia del mismo, que, a mi juicio, consiste en ayudar a los demás soportando estoicamente ‘’hijoputadas’’ . Al tiempo, se lo comenté a otro de la categoría del anterior y su respuesta fue: ‘’pues yo sólo sé que hacemos lo que nos mandan y punto, no hay más misterio que ese, simples marionetas’’. Yo le dije que eso era parte de nuestro trabajo y no nuestra función ya que ésta va mucho más allá de la simplicidad de cumplir órdenes y actuar como hombres de paja.
Ahora la historieta del gran J.A. Marina:
‘’Sucedió en el tiempo de las catedrales. Un vecino visitó una de ellas en construcción y llegó al tajo donde trabajaban los canteros, esculpiendo unas piedras. Se acercó a uno de ellos y le preguntó: – Usted, ¿qué está haciendo?
-¡Sudando con esta maldita piedra que Dios confunda! ¡Qué asco de trabajo! ¡A ver cuándo suena la campana y nos vamos!
El paseante se dirigió a un segundo cantero y le preguntó lo mismo y éste le respondió:– lo que me han mandado. Un cubo de piedra para un muro.
Por fin se acercó al tercero repitiendo la pregunta: -¿Y usted qué está haciendo?
El cantero respondió con entusiasmo: -¡Estoy construyendo una catedral!’’
El pobre cantero, al igual que yo desempeñaba una tarea casi anodina, insignificante, tediosa y lo peor es que ni vería terminada la catedral ni menos aún participaría de sus beneficios…sin embargo se sentía parte integrante (si no fundamental) de un engranaje que le superaba y lo mejor de todo, le dignificaba…al fin y al cabo, mi trabajo no es tan humillante.
Espero que os haya gustado y sobre todo que os anime a reflexionar sobre qué tipo de canteros sois…y por qué…