Es un pecado no saber apreciar todo aquello cuanto nos ha sido otorgado, más aún cuando nos sabemos no merecedores de tales dádivas. Quizá por ello, quienes nos otorgan dichos presentes inmerecidos, comparten con nosotros la pena y quizá ello nos exculpa en parte.
El destino castiga con fulgurante inmediatez a los generosos incautos dándoles como inmerecido premio la traición, la decepción y el fraude. No obstante, a los desagradecidos, el paso inexorable hacia el futuro les hace ver la falta que les hace aquello de lo cual se desprendieron o simplemente no aceptaron un día.
Ahora dime, pusilánime ser despojado de todo raciocinio, por qué mostraste interés en conseguir el mapa que te guiaría hasta su corazón, por qué no supiste guardar tan preciado tesoro que llegaste a tener entre las manos, cómo has dejado escapar el único ángel que pasó por tu vida. Mejor no hables, al menos has sido suave en las formas. Y yo no soy quién para pedir explicaciones, aunque el hecho de que mi palabra fuera garante de tu valía es ahora lo que más daña.
Lo peor de todo es que sin saberlo (yo tampoco lo sabía hasta después de lo sucedido) has obrado con justicia…pues era demasiado para ti.
Al fin y al cabo los ángeles no deben andar con simples mortales.