Pide un deseo.

Bajo un negro cielo decorado por millones de estrellas, una pareja de amigos pasean despreocupados. Ella no deja de buscar sus ojos, él no deja de mirar al frente. No hay que ser muy avispado para percatarse del amor que ella le profesa. Él, sin embargo, sólo la ve como una amiga sobre la cual apoyarse.
Casualmente, en un acto reflejo, el joven ve pasar una estrella fugaz que en poco rato será el motivo para ver resquebrajarse a un débil corazón.
-¿Ves esa estrella fugaz en el cielo? –Le pregunta el incauto- Puedes pedir el deseo que quieras que se cumplirá, confía en mí.
Ella, consciente de su situación, le contesta.
-Mejor no, en serio, no estoy yo para esas cosas.
-Pero si no te cuesta nada, -le insiste entre gestos de prisas- venga vamos, decídete.
Con una mueca de derrota, cabizbaja, le replica.
-De verdad, no tengo nada que desear, al menos nada que pueda realizarse.
Resuelto a no dejar escapar la oportunidad que el destino le brinda, resuelve: -Bueno, entonces lo pediré yo por ti…ya está.
¿Qué has pedido? –le pregunta invadida por la curiosidad.
Él, que sabe perfectamente lo que su acompañante siente, le responde.
Que tus deseos se cumplan.
Entonces, ¿llegarás a amarme algún día? –le pregunta la desdichada, quien, embargada por la emoción de ver cumplido el mayor de sus deseos, vuelve a buscar los ojos del desagradecido.
Tras un incómodo silencio sepulcral, bajo la luz de una farola en lo más recóndito de su ciudad, le confiesa con frialdad camuflada de comprensión.
Sabes que eso no es posible.

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