Paseando por la calle del olvido.

Caminando por la calle del olvido, concentrado en mis sueños muertos, encontré mordiendo el suelo a un iluso corazón. Afanado en tan penosa tarea no se percató de mi presencia, no podía escucharme, o más bien no quería hacerlo.

Yo, por mi parte, no entendía lo que él decía, sólo alcancé a oír una especie de murmullo o lamento. No obstante, algo era cierto, con cada mordisco que daba al pétreo soporte más se demacraba su aspecto. Pensé en alejarme tal cual había llegado, en silencio, pero aquella situación me recordaba a mí mismo no sé en qué, por ello traté por todos los medios de llamar la atención de aquél maltrecho corazón, quejumbroso y hambriento de… ¿suelo?

Amigo -insistí-, ¿no ve que se está haciendo daño? ¿no se da cuenta de que lo que hace no le saciará el hambre?

Por fin, ese corazón manchado de negro y hecho añicos dirigió su perdida mirada hacia mí y respondió: No sacia el hambre pero me gusta.

Pero, ¿no ve que usted ennegrece con cada mordida que da? –apunté, atónito por lo que estaba escuchando-.

Únicamente sé –repuso- que pasó por aquí y es lo que me queda. Quizá, saboreando sus huellas se percate de cuánto le amo, quizá vea lo que soy capaz de hacer por amor.

Sólo recuerdo que intenté decirle que no conseguiría su propósito. Ese pobre corazón no se dio cuenta que estaba en la calle equivocada, pues si yo no conseguí nada devorando la avenida del dolor, el paseo del amor, la calle del deseo y el callejón de la esperanza, ¿cómo diablos pretende recuperar a nadie engullendo la calle del olvido?

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