No escuches al mar.

Esta es una historia sin nombres. Sus protagonistas, una feliz pareja que convive desde hace varios años en un humilde piso situado frente a la playa.
Antes de ir a la cama, él siempre se sienta a contemplar el mar. Después, como si hubiera visto un fantasma, se dirige hacia su amada y le abraza aferrándose a ella como si la vida le fuera en ello.
Nunca entenderé por qué reaccionas de esa manera.-Le recrimina ella con voz de autoridad-. ¿Acaso te da miedo el agua?
Él, que sigue entregado a sus brazos, entre sollozos le contesta:
El mar fue testigo de un crimen y siempre me lo susurra suavemente al oído.
Ahora es ella quien tiene cara de pánico, no sabe de qué le habla y le pide que se explique:
¿Un crimen? ¿Qué crimen? ¡Llamemos a la policía!
Separándose a penas un palmo de ella, sin dejar de soltarle de la cintura y mirándole a los ojos con los suyos anegados en lágrimas, el desvalido joven le increpa:
¿No te acuerdas? Todo ocurrió aquella noche en la que traicionaste mi amor, robaste mis sueños y mataste mi confianza. Ya ves, no podemos llamar a la policía porque para ello no hay suficiente castigo.
Con el gesto totalmente relajado y con una mezcla de indiferencia e indignación, la ingrata le responde:
Ah, ¿era eso?, mira, lo mejor es que lo olvides. Simplemente, déjalo estar.

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