Frases para la posteridad V
La inercia de la costumbre a veces nos lleva hasta callejones sin salida…
Jesús A. Capitán dixit.
Tan sólo quiero…
Pensarte, y soñarte, y mirarte, y tocarte, y sentirte, y conmoverte cual delicado y fugaz soplo de aire gélido, que envuelve un cuerpo desnudo en el sereno de una fría noche de invierno, para estremecerte de tal forma que sólo entre mis brazos llegues a encontrar cobijo y calor…
Acompáñame a mi infierno interno.
Ven, cógeme del brazo y acompáñame a lo más profundo de mi infierno interno.
No te prometo una salida indemne, ni tan siquiera te puedo asegurar una escapatoria. Sólo sé que allí encontraremos un tétrico lugar donde el frío más áspero combate con unas llamas que no dan luz a sus moradores, navegantes en la obscuridad.
Se trata de un mundo habitado por viejos fantasmas que me atormentan desde tiempos remotos. Unos nos esquivarán, pues ya conocen a éste su amo y saben de su inclemencia para con ellos desde que fueron sometidos por el temple de la razón y la fuerza del corazón. Otros, vagarán sin rumbo definido mirando al suelo sin percatarse de nuestra presencia, intentando rememorar una felicidad que quizá nunca existió y cuya prometida existencia los enloquece aún más a cada paso que dan. No obstante, recuerda, a nuestras espaldas, siempre a nuestras espaldas, acechan furtivamente aquéllos capaces de encerrarme en las mazmorras del averno para toda la eternidad. Son aquéllos que huyen de dolores añejos para perseguirme y torturarme a mí, los que reniegan de la perfidia ajena y me traicionan a mí, los que rememoran a cada instante cada segundo pasado abocándome al olvido de mí mismo…
Si tan funestos entes llegasen a adueñarse de mi ánima, solo tú podrías enfrentarte a ellos ya que eres la luz que falta en mi infierno interno y harías languidecer hasta al más cruel de los seres inanimados de los que podría ser cautivo.
Tal vez sea tu luz la única que podría liberarme o tal vez sea ella precisamente la que me condena a vivir en un infierno pues, ¿qué es quererte y no tenerte, si no es vivir en un infierno?
Y todo se derrumba…
Te sientes bien al ver los frutos de tu duro trabajo, la recompensa a tu inconmensurable sacrificio. Estás rodeado de aquéllos por quienes tanto has dado y te crees admirado por todos. Tienes alguien a quien amar y por quien ser amado. Crees haber llegado a tu cénit tras haber cruzado la meta antaño fijada y te regocijas por ello.
Pero no, la vida te depara grandes sorpresas y duras estocadas de las cuales brota sangre a raudales que, coagulada, se transforma en ríos de negro rencor. Rencor incorregible que se agria al rememorar el estrepitoso derrumbe del feliz mundo que una vez habitaste. Es entonces cuando te das cuenta que eres incapaz de recordar sin dolor, y es en ese momento donde descubres el odio que te carcome y del cual nace tu misantropía.
Por ello…
Donde veías dulces damas,
hoy ves putas por doquier.
Donde fieles amigos,
hoy pajes de alquiler.
Tan sólo hay que mirar hacia otro lado.
Duro consuelo.
Voy a contarte lo que me sucedió anoche. Quizá pienses que estoy loco o que sólo son palabras. Y son sólo palabras, palabras desnudas que se ruborizan al verse insignificantes cuando intentan explicar algo demasiado hermoso como para poder ser explicado y menos aún, comprendido.
Y es que observé una bella flor, abrazada por la obscuridad, a punto de marchitarse en un pútrido jardín. No acerté a ver de qué flor se trataba, mas ello no fue impedimento alguno para caer hipnotizado por tan delicada estampa. Así, hipnotizado, traté de acercarme pero mientras más insistía más se alejaba.
Con la cabeza gacha, angustiado por la imposibilidad de alcanzarla y perturbado por lo incomprensible de la situación, cejé en el empeño de conseguir mi ansiada flor. Entonces, levanté la mirada y, cual mariposa que sale de su crisálida, allí estabas tú saliendo del jardín convirtiendo la noche en día. Clavándome tus ojos desde la distancia, silenciosamente esbozaste una tímida sonrisa y en ese preciso instante recordé: que en la obscuridad ninguna flor destaca a la vista; que en los jardines marchitos sólo abundan hierbas silvestres; que a mí no me gustan las flores; y que las flores no se convierten en personas. Todo eso me hizo entender lo onírico de la temática, pero lo que era más que real era la luz que irradiaban tus ojos.
Movido por la necesidad de cruzar nuestras miradas, como si de un suicida se tratase, sacrifiqué mi plácido sueño saliendo de los dominios del inconsciente para volver a la cruda e incierta realidad.
Sólo me queda el consuelo de volver a verte en persona y tenerte en sueños.
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